miércoles, 24 de marzo de 2010

Hay veces que siento a Dios

Publico un poema que escribí en la década de los '90. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, me doy cuenta de cuantas cosas como entonces siguen angustiando todavía mi alma. Comparto este poema con quienes tenga la paciencia y el deseo de leerlo.





Hay veces que siento a Dios
y hasta creo en él,
hablándole como un amigo,
tuteándolo,
pensando "él no me abandonará".
Le digo, entonces, amigo, ayúdame
a impedir que llegue lo que va a llegar
de todos modos.
Pero casi inmediatamente
vuelven aquellas palabras a mi mente:
"que se haga tu voluntad
y no la mía",
Cristo en la cruz, agonista,
hombre solo.
Mis ojos tórnanse metálicas cuchillas
diabólicas.
Y claro, Dios se hace dios.
¿Qué será, pues, lo que él quiera de mí?


Vuelven entonces la fe
y mi pecho a palpitar como un cirio
de veneración,
y a orar mis labios mudos
("como un beato", pienso,
me indigno).
Y la guerra en muerte indetenible
y el arribo de todo ello
imposible,
renuente apostasía
extenuado dolor en las costillas.


Vibran mis tímpanos y abro los ojos,
llaman lista en mi último
salón de clases;
miro a todos, tú, tú y tú,
y todos los tus
que puedo amar
—y también odiar, sólo algunos, claro—,
la vida reflejada
en vuestros rostros
y yo en pleno trance de muerte,
de la muerte real
o de aquella en vida.


Lloro en las cavidades
más incógnitas del alma
(quizá los Shamanes pudieran
curarme de este mal
con la ayawaska,
ich weiß es nicht).
Pero ahora las lágrimas
son solamente
un espectro.


Y Dios que pugna por seguir siendo Dios
y no solamente dios,
y yo sin saber cómo ayudarlo.

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