martes, 21 de junio de 2016

El largo día (la semana) siguiente

Este artículo se publicó originalmente en el portal web Parthenon.

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No recuerdo proceso electoral más reñido que el de este domingo 5 de junio de 2016. Pensé escribir este artículo el día Lunes inmediato siguiente. No he podido, pues aun siendo jueves, los resultados no se conocían de manera certera. Situación curiosa, pues las dos opciones en pugna son políticamente de derecha y comparten una concepción (neo)liberal; es más, el candidato de Peruanos por el Kambio (PPK), el año 2011, dio su apoyo a la candidata de Fuerza Popular (FP) que ahora le tocó confrontar.

Lo que da un cierto matiz a esas dos ramas de la derecha es que, hasta donde puede apreciarse, el apoyo democrático de la candidata de la izquierda, Verónika Mendoza, fue fundamental para la victoria de PPK. Tan así que Mario Vargas Llosa (http://goo.gl/jWjWLm) se ha visto en la obligación de reconocer esto: “el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable –algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú– salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas”.

Hay que decir, además, que la movilización liderada por el colectivo No a Keiko, organización juvenil con una férrea posición contraria al fujimorismo, enseñó, con dos marchas multitudinarias a nivel nacional, que a veces la construcción del futuro se sostiene en una negación principista, en un odio sanador; el no puede ser, paradójicamente, positivo cuando de la defensa de valores de una sociedad y la resistencia al olvido se hacen indispensables.

Sin embargo, siendo ya el(los) día(s) siguiente(s), creo que se requiere empezar a trabajar en la agenda del futuro de estos cinco años difíciles que nos tocan como país con rumbo al bicentenario de la independencia. En buena cuenta, en una democracia representativa —sistema que hemos elegido para el Perú—, los votos de la mayoría o de las mayorías son los que cuentan de manera fundamental; eso, aunque esa decisión no nos guste tiene que respetarse, con la condición de que los gobernantes también respeten la voluntad popular y las reglas de juego democráticas.

La derecha política va a gobernar, pues ha merecido el voto mayoritario de la población. Esto significa que estos cinco próximos años esa derecha contará con mayoría parlamentaria y será, además, la encargada de la administración gubernamental. Más allá de sus diferencias, conforme a la lectura que esos sectores políticos hacen de estos resultados, la mayor parte de nuestra población habría votado por mantener el modelo económico. Ya lo ha planteado con claridad brutal Carlos Bruce (http://goo.gl/1MXA18), quien dijo que “Con el fujimorismo va a ser más fácil [ponerse de acuerdo], y esperamos que sea más fácil, porque compartimos el mismo punto de vista en ese sentido”. Claro está que el fujimorismo muestra una posición recalcitrante y que indica que los acuerdos a los que lleguen con el gobierno no serán resultado de negociaciones muy sencillas; el panorama político muestra cierto nivel de conflictividad. Sin embargo, se puede ver que todos los recursos y voceros del modelo económico lo defiendes, a pesar de sus contradicciones internas; estos cinco años, la derecha política tendrá la oportunidad de mostrar, más allá del discurso gerencial y tecnocrático que maneja, si es una mejor y eficiente administradora del gobierno y del Estado en general.

Por su parte, la izquierda tiene la posibilidad de constituirse en una verdadera alternativa de gobierno, no de simple oposición permanente, con miras al 2021; por ello, en estos cinco años, como señala Marisa Glave (http://goo.gl/Zz7BhZ), toca al Frente Amplio “mantener un trabajo sólido en la bancada [parlamentaria], para que esta sea capaz de colocar temas en la agenda, generar consensos y que sea, al mismo tiempo, una oposición vigilante y fiscalizadora. Vigilaremos el uso de los recursos del Estado”.

 

El modelo económico: ¿la paz de los muertos?

Al mismo tiempo, desde otra perspectiva, los resultados electorales muestran que el modelo económico y político está cuestionado y, por lo menos, una cuarta parte del electorado nacional, con especial énfasis en el sur andino, además de Cajamarca, viene votando en los últimos procesos electorales de manera consecutiva —y congruente— demandando cambios profundos en la orientación económica, social y política del país, requiriendo una diversificación productiva, que quiebre el centralismo económico de las actividades extractivas, que ahoga a las regiones, especialmente las del sur y las del oriente. Es más, incluso en el caso de las regiones donde el voto mayoritario fue por el fujimorismo, el mensaje que se recogería de este (en palabras de Pablo Quintanilla) es una demanda de mayor presencia del Estado (según dicho filósofo, el fujimorismo llegó a todo el país, especialmente lugares muy alejados, con dádivas que le dieron un contenido real a la presencia del Estado).

Ahora bien, la polarización de estas elecciones ha sido mayor incluso a las del 2011 y 2006 y se han dado explicaciones simplistas —y muy agresivas— desde ambos lados del espectro político. Así, por ejemplo, la subida meteórica de la izquierda liderada por Verónika Mendoza fue explicada como producto del “resentimiento” o del voto irracional del “electarado”, especialmente del sur del país. Por su parte, el sólido apoyo al fujimorismo fue explicado desde la vertiente más de izquierda como producto de la “permisividad” con la corrupción o la “falta de educación” del electorado de esas regiones o estratos sociales.

Como puede apreciarse, desde ambas posiciones se ataca el punto de vista de esas “mayorías” del electorado, cuestionándolas por su “incapacidad” o su “falta de educación”. ¿Somos así una democracia?, ¿goza de legitimidad entre nosotros este sistema?, ¿respetamos la democracia?

Como decía en su momento Karl Popper (http://goo.gl/Ut9DzV), “Desde Platón hasta Karl Marx, y aún después, el problema fundamental ha sido siempre el siguiente: ¿quién debe gobernar un Estado?”. En la democracia, la respuesta general —y falaz, según él mismo— es “el pueblo”. Ahora bien, el mismo Popper señala que la pregunta fundamental a plantearse es ahora “¿cómo tiene que estar constituido el Estado para que los malos gobernantes puedan ser derrocados sin violencia y sin derramamiento de sangre?”. De acuerdo a este pensador liberal, la democracia es lo mejor que se tiene para lograr este último fin. Es decir, lograr que los ciudadanos podamos generar cambios pacíficos y profundos, algo diametralmente opuesto a la paz de los cementerios.

Si bien lo planteado por Popper está pensado más para las democracias bipardistas típicas de los países anglosajones, resulta interesante este concepto que nos permite pensar nuestro país y su democracia desde una perspectiva distinta, toda vez que el “pueblo” castigaría a sus malos gobernantes, más que derrocándolos pacíficamente, impidiendo su retorno al gobierno. Tal es el caso de Alejandro Toledo, de Alan García (en su búsqueda de un tercer mandato) y, recientemente, del fujimorismo, al que el electorado ha impedido volver al gobierno, a pesar de que lo “premió” con una arrolladora mayoría parlamentaria.

Estos resultados son interesantes y deben ser analizados e intentar así comprender un fenómeno electoral tan complejo e imprevisible como el peruano.

 

Las elecciones peruanas en cifras

Respecto a la primera vuelta de las elecciones generales del 2016 podemos señalar las siguientes cifras. Solamente el 81,80% de electores hábiles participaron en las elecciones, con lo que hubo un ausentismo del 18,20%, casi una quinta parte de los ciudadanos con derecho a voto en el Perú, debiendo considerar, además, que el voto es un derecho que debe ejercerse de manera obligatoria. De los electores que participaron en las elecciones, votaron en blanco o viciaron su voto un total de 18,12% de los electores. Por tanto, el 36,32% de electores en el Perú decidieron, de una forma u otra, no apoyar ninguna de las opciones que participaron del proceso electoral. Cabe preguntarse aquí si esta actitud puede interpretarse como un descontento con la democracia o, incluso, una abierta contrariedad con ella. La crisis de las democracias es un fenómeno global y ya Noam Chomsky (http://goo.gl/MJ73lK), lo ha explicado afirmando que está cayendo “el apoyo a las democracias formales porque no son verdaderas democracias. En Europa, las decisiones se toman en Bruselas. En EEUU, alrededor del 70% de la población —el 70% con ingresos más bajos—- está totalmente desvinculado del proceso político. Eso demuestra que hay una correlación enorme entre nivel económico y educativo y movilización política. No es de extrañar que a la gente no le entusiasme la democracia”. Sin embargo, lo peculiar en nuestro caso, es que esas mayorías (sectores sociales excluidos en el Perú y calificadas despectivamente como “ignorantes”) son justamente las que han generado, con su dinamismo, estos resultados abiertamente contrapuestos, mientras las élites políticas, económicas y sociales, apuestan por el inmovilismo en defensa exclusivamente de sus intereses.

Lo cierto es que los resultados electorales obedecen a la voluntad de solamente el 63,68% de los electores. Cómo piensan los no representados aquí es una interrogante que no pretendo responder, pero que resulta fundamental explorar. Dicho en términos más numéricos, del total de electores peruanos (22 901 954), los votos que se consideraron para la primera vuelta fueron de solamente 15 340 143 electores. De ellos, 6 115 073 ciudadanos (39,86%) dieron su voto a favor de Fuerza Popular; 3 228 661 (21,05%), a favor de Peruanos por el Kambio; y, 2 874 940 (18,74%), a favor del Frente Amplio. Destaco aquí el concepto de ciudadanos y las facultades implícitas a estos de elegir a sus representantes. Un cuestionamiento para con los votantes de Fuerza Popular es que eran, estadísticamente, los que menor nivel educativo tenían. Y a este cuestionamiento se le dio cabida incluso en sectores de izquierda, lo que resulta como un boomerang, toda vez que seguramente si se analiza ese mismo aspecto respecto a los votantes del sur del país que le dieron tan importante representación al Frente Amplio con miras al parlamento 2016-2021, serían también personas con niveles educativos formales menores a los que apoyaron otras opciones. Ahora bien, los electores que apoyaron a PPK serían los de mayor nivel educativo, aunque, en el caso de que se hubiera dado una segunda vuelta entre Fuerza Popular y el Frente Amplio, habrían votado indudable y mayoritariamente, por la primera, bajo el argumento de que tenía que resguardarse el sistema de modelos intervencionistas o de izquierda estatista. ¿Marca el nivel educativo, entonces, una conducta progresista o democrática?

Estos resultados son consecuencia directa del sistema democrático que tenemos y, por tanto, merecen una mirada respetuosa hacia los electores. Es decir, no podemos atribuir a los electores, automáticamente, los defectos o virtudes de los líderes y cúpulas de las organizaciones políticas en pugna; quizá se trata, en efecto, de nuestra propia psicología social. Como dice Francisco Miró Quesada Rada (http://goo.gl/eSqJtB), “El cerebro político de los peruanos está partido en dos. Un lado es autoritario, el otro es democrático. Seamos de izquierda o de derecha, tenemos una pugna entre los dos lados y espero que a las finales gane el cerebro democrático”.

Ahora bien, en la segunda vuelta recientemente celebrada, participaron 18 276 818 electores, con lo que hubo un ausentismo de 19,848% (algo de un punto más que en la primera vuelta). En este caso, al 99,561% de actas contabilizadas, la ONPE informa que PPK obtuvo 8 564 472 (50,115%) votos válidos y Fuerza Popular, 8 530 271 (49,885%). Una diferencia de solo 34 201 votos.

La estrechez de la diferencia de los votos de apoyo a cada una de las candidaturas, más allá del apasionamiento propio del proceso electoral, debe leerse con mucha atención.

 

¿Uno, dos, muchos Perú?

Los resultados electorales pueden apreciarse desde la vertiente antifujimorista, por lo que las preguntas que podrían formularse serían: ¿la mitad del Perú apoya la política del “roba pero hace obra” o, peor aun, “mata pero hace obra”?, ¿la mitad de nuestros compatriotas apoyan la corrupción y el saqueo de los recursos públicos a cambio de una cierta estabilidad económica?

Si apreciamos los resultados desde la perspectiva de la derecha y nos centramos en el voto del sur andino del Perú, podrían formularse las siguientes preguntas: ¿la mitad del Perú quiere generar una implosión del sistema económico, afectando la estabilidad que se ha logrado?, ¿son los electores verdaderos suicidas que buscan opciones estatistas fracasadas y reniegan de un sistema económico eficiente?, ¿muestran el resentimiento social y racial de esos sectores?

Creo que estas elecciones nos dejan como mensaje central el hastío de la gente con la política y la falta de soluciones a los problemas cotidianos de la gente. Es decir, la gente reniega de la verborrea política, aquella que no plantea y menos desarrolla propuestas de solución eficaces a los problemas del país. Las veces que he podido pernoctar en la isla de Amantani, en el Lago Titicaca, me quedé sorprendido de que son verdaderas islas naturales y habitadas. Y me sorprendió mucho, la primera vez que estuve allá, que sus habitantes contaran en sus domicilios con energía solar. La respuesta que obtuve cuando pregunté cómo así era posible, fue unánime: el ingeniero Fujimori. Vuelvo a Pablo Quintanilla: el ex presidente es percibido en muchos casos como una suerte de Robin Hood, toda vez que llegaba a lugares inhóspitos y dejaba una señal de esa presencia; no importa, en el imaginario social, si esas “obras” son solamente dádivas en comparación de los 6 mil millones de dólares que desaparecieron por la corrupción de su gobierno. Y es que el Estado es percibido no solo como ausente, sino como un ente opresor que restringe la libertad de la gente, con un aparato represivo, o que la exprime económicamente. Por tanto, si el Estado llega y no con las manos vacías, ese es un quiebre en lo que normalmente espera la gente. Es decir, si el Estado llega normalmente personificado en la policía, en un juez, en la SUNAT, pero nunca para defender a las personas, entonces basta que esta regla se quiebre una vez para que esto perdure en el recuerdo de la población. Como escribe Santiago Pedraglio (http://goo.gl/OdXozm), “’¿Por qué votaste por Keiko Fujimori?, le pregunté a un amigo al que no veía en cierto tiempo. ‘Porque estoy agradecido por la luz y el agua que puso en mi pueblo. Además, nos ayudó con tractores y maquinaria’, me respondió”. Comprender esa lógica realista permitirá “entender y no satanizar a quienes votaron por [Keiko Fujimori]". Desde otra perspectiva, Paulo Drinot (http://goo.gl/L58kBK) dice que el gran reto para las ciencias sociales “es entender el fujimorismo. No hemos hecho el esfuerzo de estudiarlo y es un gran error porque no hemos podido explicar el fenómeno en estas elecciones y en el transcurso de los últimos 20 años. Está claro que el modelo del clientelismo tradicional no es suficiente para generar ese voto”.

Por tanto, las consideraciones de la gente al ejercer su derecho al voto no pueden calificarse de manera simplista, más aun en un contexto en el que la democracia es cuestionada por su ineficacia para lograr soluciones efectivas para los problemas de la gente. De ahí que resulte esencial que la izquierda, más allá de ejercer un rol de oposición, replantee su postura para hacerse el vigía, el centinela que exija al gobierno de PPK el cumplimiento de los acuerdos que celebró para lograr el apoyo de organizaciones y movimientos sociales. Esto sin perder de vista la necesidad de consolidarse como organización política moderna para lograr ser una alternativa de gobierno real, máxime cuando, siguiendo a Gramsci, debería entender que democracia implica también la necesidad de reflexionar a partir de la realidad social concreta (la nuestra), de las propias conductas de nuestra sociedad y los diversos grupos que la conforman, para construir —desde esa realidad— nuevas posibilidades para el ser humano.

miércoles, 13 de abril de 2016

Un primer balance luego de las elecciones del 10 de abril de 2016

La democracia es esto, en efecto. Y hay que aceptar los resultados. Nos gusten o no. A mí esta vez los resultados me parecen deplorables; han ganado las propuestas más conservadoras, en lo económico, pero también en lo político. Se ha vuelto a imponer la criollada —la ley del más vivo— tan dañina para el país. Explicaciones seguramente habrán muchas. Ensayo la mía.
 
Los sectores populares a nivel nacional, especialmente en las zonas más pobres del Perú, sufrieron una frustración con la oferta de la gran transformación del nacionalismo. Su desconfianza hacia esas propuestas es hoy mayor.
 
Keiko Fujimori —y el fujimorismo— no perdió el tiempo y se dedicó a trabajar políticamente, desde el 2011, cinco años intensos de presencia permanente a lo largo del territorio nacional (para ello ha tenido ingentes recursos de origen, por lo menos, dudoso). Los resultados saltan a la vista en esos mapas coloridos que muestran que su presencia es abrumadora en el norte y en el centro del país, incluyendo Lima. En todas estas regiones primó —como suele suceder— un voto más conservador, más en la línea de mantener el modelo económico. Claro que no se puede ser mezquino con la performance política de Keiko Fujimori que, desde su recordada presentación en Harvard, mostró una estratégica corrida hacia el centro, hacia ese sector que le permitiría ganar las elecciones y que hasta ahora le había resultado esquivo, aunque cada vez con mayor timidez. Su “moderación” fue una puesta en escena muy bien pensada y desarrollada de cambios importantes que la mostraron como la hija que no tiene por qué cargar con la mochila de los “errores” de su padre. Logró algo muy importante: cambiar sin tener que producir cambios de verdad. Pura estética. No ser; simplemente parecer. Con esa abrumadora mayoría en el Congreso, si ella llega a la Presidencia —la que es hoy la mayor probabilidad—, tiene el terreno allanado, el camino libre para hacer lo que quiera, incluyendo la liberación de su padre y una amnistía para todos aquellos que según ella lo merezcan. La justificación será la necesidad de reconciliación nacional.
 
El pase a la segunda vuelta de Pedro Pablo Kuczynski es un asunto absolutamente accidental, pues obedece en parte al éxito de la estrategia de generar terror en la población respecto a la amenaza de la izquierda. Asimismo, fue posible en parte también debido a que Gregorio Santos le arrebató importantes puntos a la propuesta del Frente Amplio. Aquí el voto limeño fue muy importante en su línea de conservadurismo. Accidente puro.
Entre las dos propuestas, es decir la de Fuerza Popular (39.6%) y la de Peruanos por el Kambio (21.5%) tenemos poco más de las dos terceras partes del electorado nacional (61.1%). Estas dos terceras partes han ratificado, además de su miedo a cualquier propuesta de cambio, su apuesta por mantener el statu quo. Quizá también haya una cuota de la voluntad de reinvindicar al fujimorismo y, especialmente, a Alberto Fujimori (cualquiera que gane la segunda vuelta es seguro que tomará las medidas necesarias para la excarcelación del ex presidente condenado a prisión por delitos contra los derechos humanos y de corrupción). Veremos como salimos de este periodo gubernamental; por lo pronto, el mundo nos observa como una versión folklórica de democracia, en la que se reinvindica a uno de los regímenes más corruptos de la historia reciente.
 
Sin embargo, seguimos viviendo en un país que es por lo menos dos. El sur del Perú (con la sola excepción de Arequipa), pudiendo incluir además a Huancavelica, ha votado por el Frente Amplio de manera contundentemente mayoritaria. Ese es un mensaje claro también que muestra la exigencia de un cambio estructural, un cambio del modelo económico (claro está que no implica una patente para el manejo económico irresponsable). Y esas demandas han sido adecuadamente canalizadas por Verónika Mendoza y el Frente Amplio. Hay que destacar la capacidad de liderazgo de Mendoza, quien contra todos los pronósticos y afirmándose en una estrategia ajena al marketing político, pudo conseguir un 18.7% de las preferencias electorales a nivel nacional. Esto es digno de aplauso, pues ha resucitado virtualmente a la izquierda en el Perú. Se ha mostrado como una persona de convicciones firmes y que no acomoda su discurso según el auditorio del que se trate; ha planteado con contundencia propuestas renovadoras como, por ejemplo, la necesidad de recuperar la soberanía de nuestros recursos naturales (tomemos en cuenta que hoy la propia Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo ha planteado la necesidad de salvaguardar el derecho de regulación por parte de los Estados de las actividades económicas que se den en su territorio, las que se han visto afectadas por el arbitraje en inversiones) y que las inversiones extranjeras cumplan con las regulaciones del Estado; para ello, ha señalado que se renegociarán los contratos de inversión. También la necesidad de desarrollar un Estado laico de verdad; el implementar políticas paritarias de género, incluyendo las políticas a favor de las minorías sexuales; el tema de los derechos reproductivos y de libertad de decisión para las mujeres respecto a sus cuerpos; la posibilidad de mirar desde otra perspectiva las políticas antinarcóticos; la profundización de los programas sociales y la redistribución; mejora de los sistemas de educación y salud públicas, etc. Se trata de una agenda refrescante de la política nacional, que requiere de un trabajo constante a partir de ahora y con miras al 2021. De lo contrario, esta breve primavera de la izquierda, se difuminará en los recuerdos. Se requiere de trabajo político constante, a nivel nacional, con presencia de los líderes nacionales y regionales, para nutrirse de las demandas de la población, para conocer o reconocer ese país que pareciera ser nuevamente ancho y ajeno, para hacerse conocer también. El reto para la izquierda es enorme y ojalá esté a la altura de ese reto. Creo que en el Frente Amplio debe abrirse espacio a una izquierda liberal también que permita tender puentes y, sobre todo, que permita que se gestiones de manera adecuada, desde la izquierda, al Estado, con toda su complejidad.


Ahora a asimilar estos tristes resultados electorales. La democracia es esto. Nos guste o no. El pueblo decidió.

sábado, 5 de septiembre de 2015

21 anécdotas de colegial: la irreverencia juvenil desde Huamanga

Los jóvenes de hoy no vivieron la realidad lacerante que nos tocó expiar a quienes sobrevivimos nuestro país en las dos últimas décadas del siglo pasado. La mayor parte del país estuvo atrapada entre “la convulsión del terror de Sendero en Ayacucho” (p. 55), así como en todo el país, y “la inflación alucinante del gobierno de Alan García” (p. 67), la misma “que causaba estragos” en la economía de la mayor parte de las familias. Estuvimos atrapados, entonces, en medio del terror político y económico de aquellos años, a los que se suma la decadencia institucional y moral que se agudizó durante el fujimorato. Eso, en este tiempo de cierta bonanza y mejora en algunos indicadores del país, se aprecia como una realidad ajena, casi de ciencia ficción. Sin embargo, es muy necesario promover la memoria.



Edwin Flores (Ayacucho, 1970) nos recuerda que, sin embargo, a pesar del panorama de terror de ese tiempo, en la misma ciudad de Huamanga, “nada podía impedir que naciera el romance entre dos jóvenes enamorados” (p. 55) y todos se adecuaron a las condiciones de vida de aquel entonces para seguir viviendo. Terca vida que se abre espacio por cualquier intersticio que se presente.

La lectura del libro que presenta Flores, 21 anécdotas de colegial, ha sido reveladora para mí, como alguien que vivió aquel tiempo aciago, pues pone en evidencia una mirada distinta, por momentos jocosa e irónica, de un tiempo y un lugar que, desde las perspectivas políticas y sociológicas, se presenta casi como un cementerio omnipresente. No pretende el autor —y tampoco pretendo yo— negar lo oscuro y doloroso de aquel tiempo, que aún deja abierta una herida profunda en este territorio que constituye nuestro país. Sin embargo, Flores ha tenido el valor de mostrar esa otra cara de la Ayacucho de ese tiempo, donde miles de jóvenes tuvieron que vivir su adolescencia y sus primeros amores, la efervescencia de sus hormonas juveniles, los ritos propios del enamoramiento y el aprendizaje conflictivo de la adultez. Sus anécdotas me hicieron recordar pasajes de mi propia vida, de mi adolescencia en el Cusco y también de cuando ya era un migrante universitario en Lima, mis retornos a la ciudad que me vio nacer.

Aunque Flores no haya tenido pretensiones literarias, tiene fragmentos que son un deleite para el lector, pues descubre lo poderosa que es la vida, y más aun la juventud, en un espacio que, entre dos fuegos, pretendía negar la alegría, el jolgorio, la vitalidad de la gente que se encontraba en medio. Por más tenebrosos que hayan sido ese tiempo y ese espacio, el motor vital de la juventud se escurría por los resquicios que existieran, por mínimos que estos fueran. La vida se movía incesante, aunque sea reptando y agazapada, pero se movía.

Flores nos hace viajar en el tiempo a través de chicherías, en las fiestas de promoción, nos hace sentir vívidas aventuras de acróbata que se introduce en la habitación de la enamorada, por una ventana; nos hace recordar, a partir de sus vivencias en Ayacucho, la zona de mayor convulsión de esos años, las vivencias de las y los jóvenes de cualquier urbe peruana, en la que encuentran espacio para explorarse, para compartir las experiencias, para descubrir la sensualidad y el deseo, para aprender el lenguaje del roce lento, de la travesura descubridora (esto nos permite darnos cuenta que la vida en Huamanga no era tan diferente de la del Cusco o aun de la de  Lima). Es el caso de la anécdota titulada como "Mal amigo" en la que narra cómo una amistad entrañable entre dos muchachos se quiebra por un malentendido generado, adrede, por una hermosa y maliciosa adolescente; o aquella en que la enamorada, luego de haber pelado y lavado rocotos, le prodiga al enamorado urgido unas muy picantes caricias, que ni el hielo calmaría. Se desprende también cierta irreverencia hacia los dogmas del catolicismo y nos muestra sacerdotes profundamente humanos.

Aparece también el conflicto entre padres e hijos que, en el caso de "El terno de papá", muestra su máxima expresión al concluir el personaje con esa frase demoledora respecto al terno: "ese pendejo nunca más lo podrá usar".

martes, 15 de octubre de 2013

La discreción de una novela

Las trescientos ochenta y tres páginas de la última novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, son —a decir verdad— una perfecta coartada que atrapa al lector —especialmente a los vargasllosianos como yo— sobre la base de un cóctel de ingredientes melodramáticos, un casi ausente erotismo, la reiteración de algunos personajes que, por la nostalgia de otras obras, nos envuelven en sus pequeñas historias. No puedo decir, sin embargo, que me haya parecido una de sus grandes novelas. Ni remotamente.
Desde mi punto de vista, se trata de una nueva demostración de que los tiempos de las grandes novelas, de esos arrebatos de asalto al cielo protagonizados por el escritor, quedaron atrás, quizá en definitiva. La trama se vale del recurso recurrente a las historias paralelas que Vargas Llosa maneja con absoluta destreza; él sabe que este recurso le es infalible y lo usa, a veces de manera abusiva y puramente formal, sin que la sustancia de las historias se nutra necesariamente de esa confusión de espacio y tiempo. Lo que debiera mostrarse como un juego provocador por parte del escritor hacia el lector termina siendo el protocolo de una técnica previamente establecida, casi en un laboratorio.
Los personajes han madurado en extremo, no resultan ya atractivos, pues todos parecen haber pasado por el mismo proceso y se muestran como adorables señoronas. Se añora la arquitectura de personajes como Zavalita, el Sargento Lituma de La Casa Verde, Pantaleón o Mayta. Zavalita no volvió a aparecer más; Lituma sí, pero llegó a un nivel de acartonamiento deplorable en Lituma en los Andes. Aparecieron otros personajes que fueron la base de la nueva arquitectura: Don Rigoberto y Doña Lucrecia, La niña mala. Quizá un breve paréntesis en el abandono de su vocación deicida lo encontramos con La fiesta del Chivo y El sueño del celta. No obstante, Don Rigoberto, Doña Lucrecia y Fonchito parecen haberse apoderado del universo vargasllosiano, con la frivolidad que ello implica, pese a los arrebatos culturales de aquel.
En El héroe discreto nos encontramos con una repetitiva trama de la historia de Don Rigoberto y su familia, con los excesos de melodrama que, claro, nos atrapan, pero no por su fuerza, ni por convicción del argumento, sino por la miel que destilan: nos presenta con ellos la única parte erótica, pero el grueso de la obra está constituida más bien por el "drama" que se gesta tras el apoyo de Rigoberto, artista frustrado y cómodo pensionista, a su ex jefe y amigo, Ismael, en su decisión de desposar a la sirvienta; la versión culturosa de la telenovela "Natacha". Doña Lucrecia le dice en algún momento, agudizando los efectos, que si ella se muriera le parecería una buena idea que Rigoberto desposara a Justiniana, mientras Rigoberto alucina un beso y unas caricias lésbicas entre su mujer y la empleada. Mientras más crítico de la postura política del gobierno venezolano, más cercano a los culebrones propio de esas tierras; irónica paradoja.
En paralelo bastante previsible, va la historia de Felícito Yanaqué, su austera vida, y el amor intenso hacia la "cortesana" Mabel. Basta recordar un párrafo de la conversación entre ambos personajes para graficar esa relación , mejor dicho, esa trama:
"—¿Por qué lloras, viejito? ¿No te gustó, pues?
—Nunca en mi vida he sido tan feliz —le confesó Felícito, arrodillándose y besándole las manos—. Hasta ahora yo no sabía lo que era gozar, te lo juro. Tú me has enseñado la felicidad, Mabelita".
Es este el héroe discreto que da título a la novela, algo así como los Añaños para su razonamiento político. Este héroe ha sido extorsionado y, pese a los temores, se niega a ceder ante los delincuentes, cumpliendo con la promesa que le hizo a su padre de que nunca se dejaría pisar con nadie. Aunque este personaje protagónico resulta bien construido, se muestra artificial en algunos pasajes, como el de las conversaciones con sus hijos, especialmente con Miguel, el entenado que le "enchufaron" y que, en complicidad con su amante, traman un secuestro bastante evidente. En el caso de Mabel, incluso hay una inconsistencia en la biografía de este personaje, pues se indica contradictoriamente que habría sido violada repetidamente por su padrastro (p. 210), aunque se diga también que esto habría quedado únicamente en tentativa (p. 213).
Volviendo a la familia de Don Rigoberto, la situación que más interés despierta es si Edilberto Torres, el "amigo" de Fonchito resulta ser real o no; la duda queda aunque, aparentemente, todo fue un arranque de imaginación de ese niño casi genio que es el hijo. Los diálogos entre este y su padre, así como los que entabla con Edilberto Torres, son realmente poco verosímiles.
Me seduce una situación paradójica (¿oxímoron?) que encuentro profundamente atractivo: Don Rigoberto no ha cesado en su vida de construir "islas o fortines de cultura en medio de la tormenta, invulnerables a la barbarie del entorno [...]". Esta idea me recordó de inmediato las metáforas que usó permanentemente Ernesto Sábato; sin embargo, vuelve al rato el Vargas Llosa de La utopía arcaica y lanza su sentencia feroz: "En este país no se puede construir un espacio de civilización ni siquiera minúsculo", pues, a criterio del decepcionado Rigoberto, la barbarie "termina por arrasarlo todo". Luego, casi de inmediato, vuelve a las metáforas existenciales, aunque la idea del progreso sea su sustento central: "la idea de que la civilización no era, no había sido nunca un movimiento, un estado de cosas general, un ambiente que abrazara el conjunto de la sociedad, sino diminutas ciudadelas levantadas a lo largo del tiempo y el espacio que resistían el asalto permanente de una fuerza instintiva, violenta, obtusa, fea, destructora y bestial que dominaba el mundo [...]".

Casi como Felicito Yanaqué, que de manera conjunta con Rigoberto, constituiría su alter ego, manifestó Vargas Llosa,  según señala La República, que en el Perú se vive un "genuino periodo de progreso", que ha permitido el crecimiento de empresarios de origen humilde, así como de la clase media, agregando que este crecimiento trae algunos precios que deben pagarse, como el aumento de mafias, la inseguridad y la delincuencia.

Para redondear el melodrama, está otro personaje inevitable: la bruja Adelaida: "En la vida siempre es así. Las cosas buenas tienen siempre su ladito malo y las malas su ladito bueno".
En síntesis, esta última y muy esperada novela de nuestro gran Mario Vargas Llosa —hoy un hombre sin lugar a dudas feliz— es una obra entretenida, de fácil lectura, una bonita historia (o conjunto de bonitas historias) y con un final feliz, pero bastante discreta.

viernes, 3 de mayo de 2013

Breve reseña sobre el documental The corporation, de Marck Echbar

En este documental se plantea, inicialmente, como objetivo, evaluar por qué una institución que antes era insignificante y que, legalmente, tiene poco poder, hoy tiene una presencia omnímoda en nuestra sociedad. Asimismo, de manera colateral evaluar por qué se da una falta de control público sobre dicha organización.
 

¿Qué es una corporación?

Hay diferentes miradas sobre la corporación, unas positivas y otras negativas. En el documental se presentan varias de esas concepciones.

Así, por ejemplo, se señala que una corporación es un grupo de individuos que trabajan juntos por lograr una variedad de objetivos, de los que el más importantes es generar utilidades para los dueños. Asimismo, se señala que la corporación moderna nació en la era industrial y centra sus objetivos en maximizar la productividad de la hora/hombre en todos los rubros.

Históricamente, la corporación nació como una organización perfectamente auditable por el Estado y para fines específicos, siempre en atención al interés público. Sin embargo, durante la Guerra Civil y la revolución industrial, el poder de las corporaciones empezó a crecer por la demanda explosiva de ferrocarriles. Desde una perspectiva legal, las corporaciones entendieron que requerían de más poder y aprovecharon en EEUU de la enmienda N° 14 de la Constitución (pensada para lograr la equidad en el trato a las personas negras) para introducir la concepción de las corporaciones como “personas”. Esto fue aceptado.

Desde otra perspectiva, se ha planteado que las corporaciones son organizaciones monstruosas que salieron del control de sus creadores y que los están destruyendo.
 
La corporación como persona jurídica

Se asumió legalmente que la corporación ya no es un conjunto de personas con responsabilidad, sino que es una persona en sí misma, con muchos deberes y derechos de una persona. Pero se trata de personas inmortales, que no tienen una conciencia moral, y que están diseñadas para generar ganancia en el corto plazo y beneficiar solamente a sus accionistas y no a la comunidad ni a la fuerza laboral. Es más, las corporaciones buscan externalizar los costos que el “público incauto” le permita; es una “máquina de externalizar”.

Esto se puede apreciar, por ejemplo, en las bajísimas remuneraciones que pagan en países pobres; han generado la “ciencia” de la explotación, pues han logrado maximizar la utilidad del tiempo de trabajo.

Uno de los entrevistados señala que en nuestra búsqueda de riqueza y bienestar hemos creado algo que nos va a destruir. Otro, agente de bolsa de valores, menciona incluso al Perú como el país en el que se está contaminando un pueblo por explotar el cobre que ellos venden.

Patología del comercio

El diagnóstico de psicopatía calza en las corporaciones, en tanto personas jurídicas: indiferencia a los sentimientos, no mantiene relaciones duraderas, indiferencia por la seguridad de otros, mentir por lucro, incapacidad para sentir culpa, falta de conformidad con las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal. Por tanto, cabe planear la cuestión de si la corporación fue creada a imagen y semejanza de un psicópata, ¿quién tiene la responsabilidad moral de sus acciones? Una corporación es una estructura legal artificial

Obligaciones monstruosas

Puede asumirse que todo ser humano es una “persona moral”. Pero todas las personas en determinadas circunstancias podrían operar una cámara de gas o ser un santo.  Hay que distinguir el rol de las instituciones del de las personas. Es por ello que buenas personas (padres, esposos, patrones) terminan siendo directivos monstruosos de una corporación.

Una de las consecuencias más funestas de esta diferencia entre las personas y las instituciones es que en la devastación hay una oportunidad para hacer buenos negocios.

El asunto de los límites

Con  la desregulación, la privatización y el comercio libre estamos viendo otro cerco, otra apropiación privada de espacios comunes. La apropiación de esos espacios comunes (tierra, agua, aire) no es creación de riqueza, es la usurpación de la riqueza. ¿Quién crea la riqueza?, ¿esta se da solamente cuando es privada?, ¿cómo se llama el agua limpia, el aire puro y un ambiente seguro?, ¿no son riquezas?, ¿por qué se llama riqueza solo cuando una entidad lo cerca y lo convierte en propiedad privada? Durante los últimos siglos se han pasado más cosas al dominio público.

Noam Chomsky: la privatización es tomar una institución pública y dársela a una tiranía irresponsable.

Un ejecutivo de Nike manifiesta su punto de vista favorable a que la propiedad privada se generalice en el mundo sobra cada porción de espacio. Esa sería una solución a los problemas actuales.

Entrenamiento básico

Al igual que otras instituciones (como las iglesias, la escuela, los partidos políticos, etc.), la corporación nos da unas virtudes, un rol social, que es el del buen consumidor. Se exalta el rol del consumidor, su poder. Noam Chomsky afirma que las corporaciones deben lograr consumidores no pensantes que consumen lo que no necesitan (“filosofía de la nimiedad”). Y debe a través del mercadeo captarse a esos consumidores y qué mejor desde niños.

Las corporaciones nos están enseñando a pensar de cierta forma desde hace mucho tiempo. Y cuando se trata de la propia corporación, nos enseñan que esta es una institución inevitable, eficiente, indispensable y responsable del progreso y de la buena vida.

Gerencia perceptiva

“Es una metodología que nos ayuda, cuando trabajamos con los clientes, a pasar por un proceso sistemático y poderlos ayudar a identificar cuántos recursos tienen, cuáles son las barreras para su éxito”.

Desde la perspectiva de la “gerencia receptiva” se ha trabajado la idea de que las corporaciones usan el dinero de los contribuyentes para hacer buenas obras; eso mejora su imagen, desde luego, pero a la vez reduce sus impuestos.

Una celebración privada

Naomi Klein señala que la apropiación del espacio público por publicidad es más que publicidad, es producción. Las corporaciones del futuro, más que productos, producen marcas. Y es un proyecto sumamente invasivo, se quieren construir refugios privatizados marcados. Como si la civilización fuera una serie de intercambios exclusivamente comerciales.

Hoy, conforme a los criterios de la Corte Suprema de los EEUU se pueden patentar todo tipo de seres vivos, excepto los humanos. Si la humanidad no reacciona, en unos diez años unas pocas compañías serán dueñas de los genes de la evolución de nuestra especie.

En esa línea, se puede apreciar que las corporaciones tienen una larga historia de justificar los gobiernos tiránicos. El fascismo llegó al poder en Europa con la ayuda de las grandes corporaciones. Hubo un pacto entre las grandes corporaciones de EEUU y la Alemania Nazi.

El poder de las corporaciones, si se las compara con hace 50 o 60 años, ha crecido, porque por al haberse convertido en entidades globales, los gobiernos han perdido la posibilitad de controlarlas. “El gobierno y la industria se consultan y trabajan juntos”.

¿Por qué hoy en día las corporaciones hablan de responsabilidad social? Es mejor, en todo caso, que el discurso sea en ese sentido y no en el contrario; ahora bien, esto de la responsabilidad social es una propuesta propia de las corporaciones. ¿Por qué tiene que decidir que es “socialmente responsable” ellas? Ese no es su campo. Eso le corresponde al gobierno.

Naomi Klein señala que en las corporaciones hay grietas y fisuras. De esa manera, se afirma que lo que se necesita es estudiar las raíces de la forma legal que creó esta bestia y tenemos que pensar quién puede hacerlos responsables.

Como individuos debemos aceptar la responsabilidad de nuestras acciones colectivas.

Los pueblos de Licking y Order hicieron historia al aprobar Ordenanzas que eliminan los derechos de las corporaciones como “personas”.
Pego abajo el video:
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Transiciones en América Latina y en el Perú: de los gobiernos miliatres hacia la democracia política


Este es el cuarto ensayo que se tuvo que elaborar como parte del desarrollo del curso Procesos políticos en el Perú y América Latina siglo XX, que dicta el profesor Piero Corvetto en la Maestría en Ciencia Política de la PUCP.


1.   Concepto

Los procesos de transición política a los que se refieren las lecturas, están referidos al paso (largo y complejo) de lo que O’Donnell denomina como “Estado Burocrático Autoritario” hacia la democracia política. Por transición debe entenderse, entonces, el intervalo que nos lleva de un régimen político a otro. Sin embargo, para precisar el concepto, en el caso de las lecturas analizadas, este intervalo tiene un inicio en el final de un régimen autoritario y se dirige hacia un régimen de democracia política; por tanto, se trata de un camino hacia algo mejor (democracia política) y que tiene como sustrato la idea de progreso político.



Durante la segunda mitad del siglo XX, se presentaron en América Latina una serie de interrupciones de los regímenes democráticos protagonizadas por las Fuerzas Armadas que, en casi todos los casos, asumieron el ejercicio del poder y del gobierno, aunque en alianza con ciertos sectores de la civilidad. En ese sentido, es importante cuando Cardoso plantea como características de estos regímenes el que se le otorgue al Estado un rol central en la toma de decisiones y el control político directo de las Fuerzas Armadas, aunque dejando que el sector privado desarrolle las actividades económicas, dentro del nuevo contexto de inserción en la economía mundial y bajo el esquema conocido como “de sustitución de importaciones”. Por tanto, las Fuerzas Armadas, como corporación, y los grupos sociales dominantes (las “burguesías” cada vez más presentes por los importantes procesos de industrialización llevados a cabo), asumen el ejercicio del poder político, las primeras, y el poder económico, las segundas.  Es más, estos períodos de gobiernos autoritarios tienen como característica común, según Cardoso, que dinamizaron la transición de una sociedad tradicional y capitalista a una sociedad de masas internacionalizada en lo económico.

Por tanto, estos regímenes políticos se caracterizaron por asumir, en lo político, formas cercanas al fascismo; mientras que, en lo económico, pretendieron darle un impulso dejando esto a la actividad privada.
Como decía antes, la transición a la que se refieren los textos analizados es la que va desde un régimen autoritario y burocrático como el descrito hacia lo que se conoce como democracia política. Para esto, O’Donnell precisa que estamos ante un Estado Burocrático Administrativo cuando el sector popular se encuentra excluido del quehacer político; además, las instituciones políticas propias de la democracia no existe o apenas subsisten formalmente y restringir la participación en el aparato estatal a determinadas cúpulas. Basta que cualquiera de esos elementos se desvanezca, para que el Estado deje de ser uno de carácter Burocrático Autoritario; pero eso no significa que la transición hacia la democracia política haya concluido. Es más, O’Donnel plantea la idea que en este tipo de transiciones el punto de partida es uno situado en el Estado Burocrático Autoritario, pero el punto de llegada es incierto, pudiendo ser uno de esos puntos la democracia, pero no necesariamente, pues incluso podría darse el caso que se llegue a un régimen de mayor nivel de autoritarismo aun.

Es más, respecto a qué se entiende por democracia política también se genera una profunda discusión, toda vez que dicho concepto podría, para unos, restringirse al contenido normativo de dicho concepto (que incluye la competencia por el acceso al gobierno, el respeto de los derechos humanos de primera generación, es decir, fundamentalmente los derechos civiles), mientras que, para otros, debería también incluir la búsqueda y la vigencia de los derechos de segunda generación (sociales y económicos). O’Donnel plantea que la transición tiene que ver con el primer alcance del concepto.

2.   Análisis comparativo de la transición en el Perú y el caso de Uruguay

Perú

El análisis comparativo se hará a partir de los textos de Guillermo O’Donnell (Notas para el estudio de procesos de democratización política a partir del estado burocrático-autoritario), de Fernando Henrique Cardoso (¿Transición política en América Latina?) y de Julio Cotler (Intervenciones militares y transferencias del poder a la civilidad en el Perú).

Cardoso plantea en relación con el Perú que, a diferencia de los demás regímenes burocrático autoritarios, el ejército planteó una visión nacionalista; los demás ajustaron su visión como engranajes de la economía internacional dominada por las grandes corporaciones y, por tanto, no le imprimieron el componente de nacionalismo que sí se habría dado en el Perú.

En esa línea, Julio Cotler afirma que la relativa autonomía de las Fuerzas Armadas peruanas con respecto a la oligarquía se empezó a gestar a finales de la década de los cincuenta, pasando por el golpe de 1962, tendencia que culminó con el golpe de Estado de 1968 (sobre este último, Guillermo Nugent ha sostenido que Velasco liquidó el gamonalismo y que, por ello, los sectores conservadores lo aborrecen hasta hoy).

Cotler plantea el inicio de estas transiciones en el gobierno de Odría, el mismo que había desarrollado un gobierno autoritario en lo político, pero que generó una apertura a la inversión extranjera. Este gobernante convocó a elecciones en 1956 y el Apra inició lo que se denominó al “convivencia”, como consecuencia de haber soslayado sus principios nacionalistas y antimperialistas originales, lo que le costó una serie de cuestionamientos y renuncia de militantes. La situación que se vivía permitió que emergiera como líder político el arquitecto Fernando Belaúnde Terry, quien planteaba ciertos postulados reformistas (respecto fundamentalmente de la propiedad agraria y el tratamiento de las inversiones extranjeras); por su parte, estas tendencias reformistas también afectaron a las dos instituciones más representativas del país: la Iglesia y el Ejército, que eran sostén fundamental del régimen oligárquico. Toda esta situación desencadenó el golpe de 1962, etapa que concluyó con las elecciones de 1962, en las que salió elegido Presidente Belaunde, quien fue bloqueado en su ejercicio gubernamental por la alianza parlamentaria APRA-UNO. Esta situación generó que no pudiera llevar a cabo diversas reformas ofrecidas lo que generó un malestar en la sociedad y se inició un fuerte endeudamiento público. La situación se agravó y se generó el temor de un nuevo golpe militar, lo que dio lugar a un reacomodo político por el cual se conformó la alianza entre Acción Popular y el Apra.

En 1968, las Fuerzas Armadas, lideradas por el General Velasco, dieron un nuevo golpe de Estado que, siguiendo la línea de los militares reformistas de 1962, quisieron darle un contenido más social a su gobierno. Como se ha dicho antes, este golpe liderado por Velasco tuvo un carácter fundamentalmente nacionalista y llevó adelante una serie de reformas, con sustrato en las Fuerzas Armadas entendidas como una gran corporación, lo que fue su fortaleza, pero a la larga también su mayor debilidad, pues no tenía una forma de comunicación con la sociedad y, especialmente, con los sectores populares. El Apra, encabezado por Haya de la Torre, dio una suerte de tregua al gobierno, toda vez que este estaba implementando en buena cuenta, las medidas de su agenda política original. Sin embargo, en la medida que pasaba el tiempo y la crisis económica empezaba a afectar a los peruanos, se proscribieron las organizaciones políticas, pero esto no cortó la movilización de muchos sectores, afectados por la crisis económica y la incapacidad de manejo económico de los militares.

En 1975, Morales Bermúdez depuso a Velasco, iniciando la segunda fase del gobierno militar. Este nuevo líder pensó encontrar alguna forma de generar comunicación y confianza con los sectores sociales, pero no lo logró, pues la crisis económica afectó mucho la situación social y, a pesar de las medidas autoritarias, como la declaración de un estado de emergencia prolongado, los sectores sociales siguieron movilizándose. Se implementaron una serie de medidas económicas, coordinadas con el FMI, lo que le dio algún oxígeno al régimen. Sin embargo, el descontento social seguía manifestándose.

Ya desgastado el régimen militar, en 1977, se anuncia que se convocaría a una Asamblea Constituyente, primero, y, luego, a elecciones generales para Presidente y Parlamento. En este punto, vemos que se inicia la transición hacia la democracia política, por causas extrínsecas derivadas de la actividad social de protesta contra el régimen y la cierta inviabilidad del régimen, además del consenso de la mayoría de los militares de que era necesario dejar el gobierno, lo que le da también un contenido intrínseco a esas causas. En ese contexto de transición y ya cuando se convoca a las elecciones para la Asamblea Constituyente, el Apra con Haya de la Torre se constituye en el protagonista de la oposición, al plantear una tregua al gobierno para que atienda el tema económico que afectaba al país, mientras la Constituyente se dedicaba a la elaboración de la Constitución. Esto le permitió generar una alianza con el gobierno. Me genera dudas el calificar a esta oposición como “oportunista” o como “democrática”, esto fundamentalmente por los antecedentes inmediatos de la actitud política de este partido, primero, de abandonar sus originales banderas políticas, y, segundo, por las alianzas impensables que asumió con sectores como el régimen de Odría y la UNO.

Ahora bien, me parece muy interesante para describir este periodo de transición política el que Cotler plantee que la Asamblea Constituyente fue una suerte de medio de catarsis para los sectores sociales movilizados, promoviendo el progresivo cambio de régimen político. Es más, siguiendo lo que O’Donnell plantea, esta transición se habría dado en los mejores términos que aseguren su camino hacia la democracia política, pues no se habrían afectado los “intereses fundamentales” de las Fuerzas Armadas y tampoco las de los grupos dominantes, pues, a pesar de haberle dado un contenido más social a la Constitución, esta siguió manteniendo el criterio de mercado.

Contrariamente a lo que se esperaba, en las elecciones convocadas para 1980, muerto ya el líder aprista, y con las pugnas en ese partido, quien ganó las elecciones fue el mismo derrocado por el régimen que ahora salía, Belaunde.

En ambos momentos importantes de esta transición, las izquierdas participaron totalmente divididas, pues existían sectores más moderados y también otros extremistas. Para el año 1980 participaron, pero su porcentaje de votos se redujo. Aunque Cotler no habla de este particular, el Gobierno de Belaunde, que continuaba desde mi punto de vista con la transición, se vio en medio de un contexto complejo, pues irrumpió desde el mismo día de las elecciones la violencia política ejercida por el Partido Comunista del Perú liderado por Abimael Guzmán Reynoso. Por tanto, dicha transición se habría enfrentado a los duros y blando del Estado Burocrático Autoritario, pero también a la oposición maximalista y, además, a este grupo al margen del sistema democrático y que se alzó en armas.

Uruguay

Coincidentemente a lo que sucedió en el Perú entre 1968 y 1980, la interrupción del régimen democrático en este país dura un periodo de doce años (1973-1985). La tradición democrática de Uruguay era un asunto bastante consolidado.

Ahora bien, creo que, independientemente de ciertas semejanzas, hay más diferencia entre los procesos comparados, toda vez que en el caso de Uruguay la irrupción de las Fuerzas Armadas se dio de manera soterrada y no directa como en el caso del Perú y a partir de algunos sectores del Partido Colorado. Se valió de connotados líderes políticos civiles a los que encumbró como “fantoches”; el únco presidente militar fue el General Álvarez. Sin embargo, se proscribió en algún momento a los dos partidos que monopolizaban el panorama político uruguayo (el Blanco y el Colorado).

Asimismo, fueron los militares los que buscaron su legitimación en el poder a través de la Constitución que se elaboró en el año 1980 y que se sometió a un referéndum en el que no recibió el respaldo popular. La actividad política no desapareció del todo, pese a las proscripciones. Es más, también se suscitó un fenómeno guerrillero que las Fuerzas Armadas sofocaron con asesinatos y desapariciones también.

La crisis económica afectó también el régimen cívico-militar y fue una de las causas de que se iniciara, desde los sectores blandos del gobierno, una búsqueda de la transición.

La izquierda fue proscrita de manera específica para no participar en los procesos electorales, aunque después volvió a la arena política y aceptó participar de las negociaciones.

Para las negociaciones que desembocaron en las elecciones de 1985, se generó un espacio de negociaciones de las que se excluyeron los extremistas de ambos lados

3.   Reflexiones  en torno a la situación del Perú con posterioridad a 1980

La caracterización que hace O’Donnell para las transiciones desde los Estados Burocrático Autoritarios hacia la democracia política me parece muy interesante y muy útil incluso para analizar la más reciente transición del régimen fujimorista. Esto me ha generado algunas dudas respecto a la duración de la transición, pues, ¿podríamos decir que la transición hacia la democracia política ya concluyó en ese caso?, ¿o podemos decir más bien que la transición política se sigue desarrollando? Me refiero a esto, por el hecho de que hoy, de manera semejante a lo que sucedía en el año 1980, el actual gobierno parece estar entre dos “fuegos”; por un lado, los representantes del movimiento fujimorista, quienes siguen reivindicando el gobierno de Alberto Fujimori y, por el otro lado, el MOVADEF, movimiento que reivindica al senderismo, militarmente derrotado, pero que aun subsiste. Es decir, en el contexto actual, aparentemente, podríamos tener un devenir distinto al de la democracia política que al menos formalmente vivimos hoy, pudiendo racalar en un neofujimorismo, lo que generaría el desarrollo de un régimen no precisamente democrático. Si bien es cierto el contexto político, social, económico es diferente, lo que sucede es que esa amenaza está ahí, como permanentemente presente y ha llegado a constituirse en el presente en la segunda fuerza política del Parlamento.

Esto, desde mi punto de vista, muestra que el proceso de transición iniciado con la renuncia de Alberto Fujimori y la elección por el Parlamento de Valentín Paniagua no habría concluido, pese a que, desde entonces, se han producido tres procesos electorales. La democracia parece en este contexto pender de un hilo.

viernes, 26 de octubre de 2012

La revolución mexicana y la revolución cubana: una mirada comparativa de su influencia en América Latina

Este es el segundo ensayo que se nos pidió en el curso del profesor Piero Corvetto, en la Maestría en Ciencia Política en la PUCP.

1.   Concepto

El concepto trabajado en clase de “revolución” resulta bastante interesante, toda vez que enmarca el mismo a la “tentativa” de desarrollar un cambio en lo político, económico, social y jurídico, recurriendo para ello al ejercicio de la violencia. Es decir, si se trata de una tentativa no implica, necesariamente, que este proceso de transformación sea exitoso o llegue a culminar; puede tratarse simplemente de un proceso de tal magnitud que, sin embargo, no llega a generar de manera efectiva el cambio que se buscó; por ello, se puede hablar también de “revolución fallida” o “revolución inconclusa”.

Por tanto, en este punto me parece importante que se tenga en claro que se desarrolla el concepto de “revolución” nos estamos refiriendo a un proceso que puede tener carácter político, económico, social, jurídico, tecnológico, religioso, etc., el mismo que afectará uno o más ámbitos de la vida social. Este proceso puede haber dado lugar a un cambio radical de las estructuras prexistentes, el mismo que genera que surjan nuevas autoridades, nuevas instituciones políticas, probablemente un nuevo sistema económico; quizá es esto lo que se vivió en los casos de la Revolución Francesa o de la Revolución Rusa. Sin perjuicio de que se producen esa transformación radical, lo cierto es que la dinámica o las dinámicas de una sociedad son sumamente complejas y “lo antiguo” resiste a desaparecer del todo y, por tanto, “lo nuevo” tiene que también asimilar esa herencia.

Ahora, resulta importante diferenciar el concepto de “revolución” de conceptos como “rebelión” o “golpe de Estado”. En el caso de una rebelión, nos encontramos más frente a un movimiento de carácter localizado y de un alcance limitado, generalmente, a reivindicaciones de carácter meramente personal o grupal, y no nacional. En el caso de un Golpe de Estado, tenemos que el único cambio que se da es el de las autoridades, pues estamos frente a una manera de acceder al poder político, sin que ello implique cambios mayores.

Podría darse el caso de que una rebelión devenga en revolución. Del mismo modo, un Golpe de Estado podría ser el inicio de una revolución.

A partir de todo lo anterior, creo que resulta importante formular la pregunta de si, en efecto, toda revolución implica el ejercicio de la violencia. Desde mi punto de vista, si bien las revoluciones han sido normalmente violentas, esto no es algo necesario. Como mejor ejemplo tendríamos al proceso que se denomina como “revolución industrial”, proceso que cambió de manera drástica el concepto en el que las diferentes actividades económicas se desarrollaban.

Por otro lado, en el Perú se produjo un golpe de estado el año 1968, liderado por el General Velasco Alvarado. Si bien dicho acceso al poder se dio a partir de un simple movimiento militar que, seguramente, generó ciertos niveles de violencia, el proceso de medidas y reformas desarrolladas por su gobierno no parece haber sido violentas. Guillermo Nugent ha señalado que con la Reforma Agraria se tiene un punto que marcó un antes y un después; él lo define como uno de los momentos más importantes de nuestra historia republicana, pues virtualmente se liquidó a la oligarquía peruana. De ser cierto esto, estaríamos frente a un proceso que también podría catalogarse como de “revolucionario”, pues las estructuras sociales y el carácter de la propiedad habrían sido transformados de manera esencial, pero dicho proceso no habría tenido un carácter violento.

Por tanto, desde mi punto de vista debería relativizarse el que la violencia sea un elemento innato del concepto de revolución.
 

2.   Análisis comparativo de la revolución mexicana y revolución cubana

El análisis comparativo se hará a partir de los textos de Javier Garciadiego y Sandra Kuntz (La revolución mexicana) y de Hugh Thomas (Cuba. La Lucha por la libertad). En este punto, quiero empezar con una impresión que me deja la lectura de Garciadiego y Kuntz, que es la de que la revolución mexicana fue un conjunto de rebeliones que, por su duración y el alcance que fueron adquiriendo, generaron ese proceso que duró desde 1910 hasta 1920, fecha en la que se habría iniciado el periodo de construcción postrevolucionaria. Ahora bien, la percepción más marcada que tengo es que esa revolución tuvo como actor ausente a las poblaciones indígenas; esta percepción, inicialmente, me la dio la ausencia de apellidos indígenas. Si bien es cierto se señala que se trató de una “revolución agrarista”, por la importancia de los sectores campesinos en las guerras y en los mismos hechos políticos, lo cierto es que las poblaciones indígenas parecen haber estado ausentes o, en todo caso, su presencia fue simplemente periférica. Quizá el caso menos claro en cuanto a esta ausencia es el del movimiento liderado por Emiliano Zapata. No niego que, como señalan estos autores, la revolución mexicana haya tenido el contenido social por los movimientos desarrollados con base popular (Zapata y Orozco). Pero aunque lo popular, e incluso lo campesino, pueden incluir lo indígena, no necesariamente es así.

En el caso de la revolución cubana, tenemos que el motor fundamental de la victoria guerrillera del Movimiento 26 de Julio fue el sector campesino que se adhirió a la misma, en los tiempos de la Sierra Maestra. Este fue un actor fundamental para la rápida victoria guerrillera que derrocó a Fulgencio Batista. Esto lo plantea Thomas.

Ahora bien, tenemos un primer elemento común en ambos procesos revolucionarios: el carácter campesino del mismo. Esto no niega la importancia de sectores medios e intelectuales en la dirección de ambos proceso, pero la fuerza motriz en ambos movimientos fue el campesinado.

En ambos procesos, se desarrolló una “reforma agraria”, aunque en el caso de México la reforma planteada no tuvo como objetivo alterar o modificar sustancialmente la estructura de propiedad; es más, todos los bandos o sectores que participaron de la revolución reconocían la relevancia de la propiedad privada para la economía mexicana. La reforma agraria mexicana afectaba fundamentalmente las grandes propiedades y no las pequeñas y medianas.

Por su parte, la revolución cubana planteó también una “reforma agraria” que era como las reformas planteadas en otros países latinoamericanos y contó con el apoyo de sectores liberales e incluso de la Iglesia Católica; sin embargo, con el devenir de los hechos, esta se fue radicalizando y terminó afectando la estructura misma de la propiedad, pues virtualmente se fue eliminando la propiedad privada.

Ahora bien, Thomas cita a Fidel Castro quien habría manifestado, frente a las movidas y decisiones políticas dentro de Cuba pero también en el ámbito internacional, que se trataba de una interesante partida de ajedrez. En efecto, el contexto en que se desarrollaron ambos procesos revolucionarios es bastante importante, pues es ese contexto el que condiciona el devenir histórico peculiar de cada uno. Y, además, destaca la relevancia del factor humano y , especialmente, del factor del líder o líderes del movimiento.

En el caso de la revolución mexicana tenemos que se trata de un conjunto de rebeliones, disputas, movidas políticas, guerras, desarrolladas durante un espacio temporal de diez años; este proceso se inició en el norte de México y de ahí se fue extendiendo hacia el centro del país, con una presencia bastante mínima en el sur (las huestes de Zapata). La causa que dio inicio a esta revolución fue la oposición a la relección de Porfirio Díaz; en torno a esa cusa se unieron distintos grupos que fueron llegando al Gobierno, pero al no atender las demandas de los grupos movilizados, fueron cayendo posteriormente. Inicialmente, la revuelta buscó atender simplemente demandas políticas: democracia, por ejemplo. Sin embargo, al acceder al gobierno, los sectores populares movilizados empezaron a plantear demandas de carácter social. En este caso, tenemos por ejemplo el caso de Emiliano Zapata y sus seguidores, quienes planteaban demandas sociales de carácter agrario y le dieron ese tinte. Ahora bien, los líderes que gobernaron México desde la caída de Porfirio Díaz  hasta 1920 no eran precisamente radicales, sino más bien intelectuales y líderes políticos moderados, de clase media urbana. Pero los sectores campesinos estuvieron permanentemente movilizados. También hubo presencia de obreros, pero sus causas eran más urbanas y, por tanto, distintas a las de los sectores campesinos (en este punto, insisto que lo campesino no quiere decir, en el caso de México, necesariamente indígena). México es un país que limita por el norte con E.E.U.U. y este era su mercado fundamental. Además, a pesar de la situación de guerra permanente (la misma que tuvo como escenario fundamental el ámbito rural), con el inicio de la Primera Guerra Mundial, las actividades económicas no se vieron afectadas de manera total; es decir, la revolución no afectó del todo la capacidad productiva del país. Pese al contexto que se vivía, las exportaciones crecieron en varios momentos de ese período. No se afectaron propiedades extranjeras (muchas de las cuales estaban centradas entorno a la actividad minera y petrolera, que tuvieron un fuerte crecimiento durante la guerra mundial). Por tanto, el contexto en el que se desarrolló la revolución mexicana no condicionó a los líderes revolucionarios a afectar el aparato productivo con la expropiación compulsiva de actividades económico productivas.

En el caso de la revolución cubana, tenemos que el sino de la misma es bastante más complejo. A diferencia de México que tiene un territorio muchísimo mayor al de Cuba, en este último país la mayor parte de propiedades económico productivas estaban en manos de inversionistas extranjeros, con gran presencia de estadounidenses. Si bien es cierto la lucha guerrillera duró simplemente algo más de tres años, el “juego de ajedrez” revolucionario se extendió más allá de la toma del poder el 1 de enero de 1959. Cuando Fidel Castro asume como Primer Ministro, el derrotero de la Revolución era incierto. En dicho proceso habían coincidido por su oposición al régimen de Batista diferentes grupos, pudiendo destacarse los liberales y los comunistas; es más, una nota que a mí me pareció bastante curiosa es que, según Thomas, incluso los comunistas habrían criticado la insurrección armada del Movimiento 26 de julio. Y es que el Partido Comunista Cubano alineado a la URSS, seguía los lineamientos de esta, que, en resumen, prefería una Cuba neutral antes que comunista. Los discursos de Fidel Castro y su postura política inicial, durante el año 1959, eran de una búsqueda de buenas relaciones con E.E.U.U. y hasta de rechazo y cuestionamiento a los sectores comunistas. Pero lo llamativo de todo este proceso es que E.E.U.U. reaccionó de manera caótica y poco inteligente frente a la revolución cubana, pues simplemente era una premisa para ellos que Cuba era un país “amigo” y con el que jamás tendrían problemas, empezando por el hecho de que el producto que constituía el monocultivo de la isla (el azúcar) era adquirido por dicho país en condiciones ventajosas, además de la relación histórica que tenían. Sin embargo, Fidel Castro y los revolucionarios tenían una fuerte convicción martiana en el sentido de buscar y luchar por la libertad, lo que implicaba que incluso el proceso revolucionario sería un producto autóctono, ni capitalista ni comunista. Las luchas por el poder dentro de Cuba se fueron desarrollando con gran intensidad y el contexto internacional también generaba una importante actividad; es así que durante la campaña electoral de 1960 en los EEUU, Cuba ocupó un lugar central y produjo una situación paradójica en la cual el candidato demócrata (Keneddy) formuló una serie de planteamientos conservadores y propios de los republicanos en torno a Cuba, mientras que el candidato republicano (Nixon) hizo planteamientos más liberales. Un funcionario norteamericano planteó al metáfora de que la revolución cubana era para EEUU una astilla clavada en la carne, pero una daga en el corazón. Sin embargo, la forma en que actuó EEUU desde el principio, dio muestra, primero, de no saber a qué se enfrentaban (la propia CIA no sabía si Castro era o no comunista) y, luego, de tomar decisiones poco adecuadas para resolver ese conflicto. Una lectura puede indicar que la “comunistización” de Castro y de la revolución fue un efecto de la política estadounidense hacia Cuba y el no asumir que era un país libre, incluso para optar por el comunismo. A medida que se hacían más conflictivas las relaciones EEUU-Cuba, este último país iba virando hacia la izquierda y afectando intereses de EEUU o de ciudadanos suyos (haciendas, empresas, industrias).

Otro aspecto en el que podemos diferenciar ambos procesos revolucionarios es que, una vez tomado el poder, había que sustituir a las autoridades antiguas; en el caso de la revolución mexicana, tenemos que se recurrió a diferentes grupos de clases medias, que no habían sido parte del porfiriato. Contaron con un importante grupo de intelectuales. Por tanto, la transformación de los ámbitos político, cultural, económico, educativo, si bien fueron cambios de un esquema hacia otro, no fueron del todo dramáticos. En el caso cubano, las pugnas que alejaron a los liberales de la revolución y las presiones de los EEUU, con las amenazas y apoyo efectivo a invasiones, generaron que hubiera una falta de cuadros para dirigir esos distintos procesos de transformación de los ámbitos de la sociedad, por lo que, incluso, ante la carencia de técnicos se acogió a técnicos latinoamericanos, especialmente chilenos. Es más, cuando la orientación comunista de la revolución ya empezaba a acentuarse, es bastante claro el sentido de la anécdota que cuenta Thomas cuando el Che Guevara convoca a uno de los últimos empresarios que no había sido afectados por las reformas y/o expropiaciones y lo invita a dirigir la actividad industrial de Cuba.
 

3.   Influencia de estos procesos en América Latina

En cuanto a la influencia de estos procesos, creo que ambos dejaron huellas y abrieron un rumbo para los distintos países de América Latina. Así, por ejemplo, en el caso de la Revolución Mexicana un primer nivel de influencia fue el de su posición de neutralidad; esto marcó un hito para el continente, pues la influencia de EEUU era y es muy evidente, lo que deja en cuestión nuestra soberanía. Otro punto de importante influencia es el de la construcción de la nación mexicana, con un carácter fuertemente nacionalista y de revaloración de la herencia prehispánica (en el México revolucionario surge el movimiento indigenista que tuvo tanta fuerza en nuestra región, especialmente en países como el Perú, Bolivia y Ecuador. Ahora bien, el indigenismo no equivale a indígena; quizá ello explica que hoy se hayan vuelto a levantar, reivindicando la figura de Emiliano Zapata, demandas de las poblaciones indígenas de México.

En el caso de la revolución cubana, creo que su influencia se siente, en la práctica, más hoy en día que en los años que describe Thomas. Una influencia inmediata fue el surgimiento de grupos que plantearon como alternativa revolucionaria la guerra de guerrillas; Thomas afirma que Castro habría dicho en algún momento que debería prender en la Cordillera de los Andes la misma llama que encendió la Sierra Maestra. Esta irradiación llevó al propio Che Guevara que murió asesinado en Bolivia. Su influencia inmediata también fue de generar una solidaridad hacia Cuba que, en los debates de la ONU, no ha cesado hasta hoy. Sin embargo, Cuba fue expulsada de la OEA, pero creo que la Latinoamérica de hoy está tratando de construir un camino más libre e independiente, llegando incluso a haber afirmado en la última reunión de la OEA que esta habría sido la última sin Cuba.