Los jóvenes de hoy no vivieron la realidad lacerante que nos tocó expiar a quienes sobrevivimos nuestro país en las dos últimas décadas del siglo pasado. La mayor parte del país estuvo atrapada entre “la convulsión del terror de Sendero en Ayacucho” (p. 55), así como en todo el país, y “la inflación alucinante del gobierno de Alan García” (p. 67), la misma “que causaba estragos” en la economía de la mayor parte de las familias. Estuvimos atrapados, entonces, en medio del terror político y económico de aquellos años, a los que se suma la decadencia institucional y moral que se agudizó durante el fujimorato. Eso, en este tiempo de cierta bonanza y mejora en algunos indicadores del país, se aprecia como una realidad ajena, casi de ciencia ficción. Sin embargo, es muy necesario promover la memoria.
Edwin Flores (Ayacucho, 1970) nos recuerda que, sin embargo, a pesar del panorama de terror de ese tiempo, en la misma ciudad de Huamanga, “nada podía impedir que naciera el romance entre dos jóvenes enamorados” (p. 55) y todos se adecuaron a las condiciones de vida de aquel entonces para seguir viviendo. Terca vida que se abre espacio por cualquier intersticio que se presente.
La lectura del libro que presenta Flores, 21 anécdotas de colegial, ha sido reveladora para mí, como alguien que vivió aquel tiempo aciago, pues pone en evidencia una mirada distinta, por momentos jocosa e irónica, de un tiempo y un lugar que, desde las perspectivas políticas y sociológicas, se presenta casi como un cementerio omnipresente. No pretende el autor —y tampoco pretendo yo— negar lo oscuro y doloroso de aquel tiempo, que aún deja abierta una herida profunda en este territorio que constituye nuestro país. Sin embargo, Flores ha tenido el valor de mostrar esa otra cara de la Ayacucho de ese tiempo, donde miles de jóvenes tuvieron que vivir su adolescencia y sus primeros amores, la efervescencia de sus hormonas juveniles, los ritos propios del enamoramiento y el aprendizaje conflictivo de la adultez. Sus anécdotas me hicieron recordar pasajes de mi propia vida, de mi adolescencia en el Cusco y también de cuando ya era un migrante universitario en Lima, mis retornos a la ciudad que me vio nacer.
Aunque Flores no haya tenido pretensiones literarias, tiene fragmentos que son un deleite para el lector, pues descubre lo poderosa que es la vida, y más aun la juventud, en un espacio que, entre dos fuegos, pretendía negar la alegría, el jolgorio, la vitalidad de la gente que se encontraba en medio. Por más tenebrosos que hayan sido ese tiempo y ese espacio, el motor vital de la juventud se escurría por los resquicios que existieran, por mínimos que estos fueran. La vida se movía incesante, aunque sea reptando y agazapada, pero se movía.
Flores nos hace viajar en el tiempo a través de chicherías, en las fiestas de promoción, nos hace sentir vívidas aventuras de acróbata que se introduce en la habitación de la enamorada, por una ventana; nos hace recordar, a partir de sus vivencias en Ayacucho, la zona de mayor convulsión de esos años, las vivencias de las y los jóvenes de cualquier urbe peruana, en la que encuentran espacio para explorarse, para compartir las experiencias, para descubrir la sensualidad y el deseo, para aprender el lenguaje del roce lento, de la travesura descubridora (esto nos permite darnos cuenta que la vida en Huamanga no era tan diferente de la del Cusco o aun de la de Lima). Es el caso de la anécdota titulada como "Mal amigo" en la que narra cómo una amistad entrañable entre dos muchachos se quiebra por un malentendido generado, adrede, por una hermosa y maliciosa adolescente; o aquella en que la enamorada, luego de haber pelado y lavado rocotos, le prodiga al enamorado urgido unas muy picantes caricias, que ni el hielo calmaría. Se desprende también cierta irreverencia hacia los dogmas del catolicismo y nos muestra sacerdotes profundamente humanos.
Aparece también el conflicto entre padres e hijos que, en el caso de "El terno de papá", muestra su máxima expresión al concluir el personaje con esa frase demoledora respecto al terno: "ese pendejo nunca más lo podrá usar".
sábado, 5 de septiembre de 2015
21 anécdotas de colegial: la irreverencia juvenil desde Huamanga
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martes, 15 de octubre de 2013
La discreción de una novela
Las trescientos ochenta y tres páginas de la última novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, son —a decir verdad— una perfecta coartada que atrapa al lector
—especialmente a los vargasllosianos como yo— sobre la base de un cóctel de ingredientes melodramáticos, un casi ausente erotismo, la reiteración de algunos personajes que, por la nostalgia de otras obras, nos envuelven en sus pequeñas historias. No puedo decir, sin embargo, que me haya parecido una de sus grandes novelas. Ni remotamente.
Desde mi punto de vista, se trata de una nueva demostración de que los tiempos de las grandes novelas, de esos arrebatos de asalto al cielo protagonizados por el escritor, quedaron atrás, quizá en definitiva. La trama se vale del recurso recurrente a las historias paralelas que Vargas Llosa maneja con absoluta destreza; él sabe que este recurso le es infalible y lo usa, a veces de manera abusiva y puramente formal, sin que la sustancia de las historias se nutra necesariamente de esa confusión de espacio y tiempo. Lo que debiera mostrarse como un juego provocador por parte del escritor hacia el lector termina siendo el protocolo de una técnica previamente establecida, casi en un laboratorio.
Los personajes han madurado en extremo, no resultan ya atractivos, pues todos parecen haber pasado por el mismo proceso y se muestran como adorables señoronas. Se añora la arquitectura de personajes como Zavalita, el Sargento Lituma de La Casa Verde, Pantaleón o Mayta. Zavalita no volvió a aparecer más; Lituma sí, pero llegó a un nivel de acartonamiento deplorable en Lituma en los Andes. Aparecieron otros personajes que fueron la base de la nueva arquitectura: Don Rigoberto y Doña Lucrecia, La niña mala. Quizá un breve paréntesis en el abandono de su vocación deicida lo encontramos con La fiesta del Chivo y El sueño del celta. No obstante, Don Rigoberto, Doña Lucrecia y Fonchito parecen haberse apoderado del universo vargasllosiano, con la frivolidad que ello implica, pese a los arrebatos culturales de aquel.
En El héroe discreto nos encontramos con una repetitiva trama de la historia de Don Rigoberto y su familia, con los excesos de melodrama que, claro, nos atrapan, pero no por su fuerza, ni por convicción del argumento, sino por la miel que destilan: nos presenta con ellos la única parte erótica, pero el grueso de la obra está constituida más bien por el "drama" que se gesta tras el apoyo de Rigoberto, artista frustrado y cómodo pensionista, a su ex jefe y amigo, Ismael, en su decisión de desposar a la sirvienta; la versión culturosa de la telenovela "Natacha". Doña Lucrecia le dice en algún momento, agudizando los efectos, que si ella se muriera le parecería una buena idea que Rigoberto desposara a Justiniana, mientras Rigoberto alucina un beso y unas caricias lésbicas entre su mujer y la empleada. Mientras más crítico de la postura política del gobierno venezolano, más cercano a los culebrones propio de esas tierras; irónica paradoja.
En paralelo bastante previsible, va la historia de Felícito Yanaqué, su austera vida, y el amor intenso hacia la "cortesana" Mabel. Basta recordar un párrafo de la conversación entre ambos personajes para graficar esa relación , mejor dicho, esa trama:
"—¿Por qué lloras, viejito? ¿No te gustó, pues?
—Nunca en mi vida he sido tan feliz —le confesó Felícito, arrodillándose y besándole las manos—. Hasta ahora yo no sabía lo que era gozar, te lo juro. Tú me has enseñado la felicidad, Mabelita".
Es este el héroe discreto que da título a la novela, algo así como los Añaños para su razonamiento político. Este héroe ha sido extorsionado y, pese a los temores, se niega a ceder ante los delincuentes, cumpliendo con la promesa que le hizo a su padre de que nunca se dejaría pisar con nadie. Aunque este personaje protagónico resulta bien construido, se muestra artificial en algunos pasajes, como el de las conversaciones con sus hijos, especialmente con Miguel, el entenado que le "enchufaron" y que, en complicidad con su amante, traman un secuestro bastante evidente. En el caso de Mabel, incluso hay una inconsistencia en la biografía de este personaje, pues se indica contradictoriamente que habría sido violada repetidamente por su padrastro (p. 210), aunque se diga también que esto habría quedado únicamente en tentativa (p. 213).
Volviendo a la familia de Don Rigoberto, la situación que más interés despierta es si Edilberto Torres, el "amigo" de Fonchito resulta ser real o no; la duda queda aunque, aparentemente, todo fue un arranque de imaginación de ese niño casi genio que es el hijo. Los diálogos entre este y su padre, así como los que entabla con Edilberto Torres, son realmente poco verosímiles.
Me seduce una situación paradójica (¿oxímoron?) que encuentro profundamente atractivo: Don Rigoberto no ha cesado en su vida de construir "islas o fortines de cultura en medio de la tormenta, invulnerables a la barbarie del entorno [...]". Esta idea me recordó de inmediato las metáforas que usó permanentemente Ernesto Sábato; sin embargo, vuelve al rato el Vargas Llosa de La utopía arcaica y lanza su sentencia feroz: "En este país no se puede construir un espacio de civilización ni siquiera minúsculo", pues, a criterio del decepcionado Rigoberto, la barbarie "termina por arrasarlo todo". Luego, casi de inmediato, vuelve a las metáforas existenciales, aunque la idea del progreso sea su sustento central: "la idea de que la civilización no era, no había sido nunca un movimiento, un estado de cosas general, un ambiente que abrazara el conjunto de la sociedad, sino diminutas ciudadelas levantadas a lo largo del tiempo y el espacio que resistían el asalto permanente de una fuerza instintiva, violenta, obtusa, fea, destructora y bestial que dominaba el mundo [...]".
Casi como Felicito Yanaqué, que de manera conjunta con Rigoberto, constituiría su alter ego, manifestó Vargas Llosa, según señala La República, que en el Perú se vive un "genuino periodo de progreso", que ha permitido el crecimiento de empresarios de origen humilde, así como de la clase media, agregando que este crecimiento trae algunos precios que deben pagarse, como el aumento de mafias, la inseguridad y la delincuencia.
Casi como Felicito Yanaqué, que de manera conjunta con Rigoberto, constituiría su alter ego, manifestó Vargas Llosa, según señala La República, que en el Perú se vive un "genuino periodo de progreso", que ha permitido el crecimiento de empresarios de origen humilde, así como de la clase media, agregando que este crecimiento trae algunos precios que deben pagarse, como el aumento de mafias, la inseguridad y la delincuencia.
Para redondear el melodrama, está otro personaje inevitable: la bruja Adelaida: "En la vida siempre es así. Las cosas buenas tienen siempre su ladito malo y las malas su ladito bueno".
En síntesis, esta última y muy esperada novela de nuestro gran Mario Vargas Llosa —hoy un hombre sin lugar a dudas feliz— es una obra entretenida, de fácil lectura, una bonita historia (o conjunto de bonitas historias) y con un final feliz, pero bastante discreta.
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viernes, 3 de mayo de 2013
Breve reseña sobre el documental The corporation, de Marck Echbar
En
este documental se plantea, inicialmente, como objetivo, evaluar por qué una
institución que antes era insignificante y que, legalmente, tiene poco poder,
hoy tiene una presencia omnímoda en nuestra sociedad. Asimismo, de manera
colateral evaluar por qué se da una falta de control público sobre dicha
organización.
El asunto de los límites
¿Qué es una corporación?
Hay
diferentes miradas sobre la corporación, unas positivas y otras negativas. En
el documental se presentan varias de esas concepciones.
Así,
por ejemplo, se señala que una corporación es un grupo de individuos que
trabajan juntos por lograr una variedad de objetivos, de los que el más
importantes es generar utilidades para los dueños. Asimismo, se señala que la
corporación moderna nació en la era industrial y centra sus objetivos en
maximizar la productividad de la hora/hombre en todos los rubros.
Históricamente,
la corporación nació como una organización perfectamente auditable por el
Estado y para fines específicos, siempre en atención al interés público. Sin
embargo, durante la Guerra Civil y la revolución industrial, el poder de las
corporaciones empezó a crecer por la demanda explosiva de ferrocarriles. Desde
una perspectiva legal, las corporaciones entendieron que requerían de más poder
y aprovecharon en EEUU de la enmienda N° 14 de la Constitución (pensada para
lograr la equidad en el trato a las personas negras) para introducir la
concepción de las corporaciones como “personas”. Esto fue aceptado.
Desde
otra perspectiva, se ha planteado que las corporaciones son organizaciones
monstruosas que salieron del control de sus creadores y que los están
destruyendo.
La corporación como
persona jurídica
Se
asumió legalmente que la corporación ya no es un conjunto de personas con
responsabilidad, sino que es una persona en sí misma, con muchos deberes y
derechos de una persona. Pero se trata de personas inmortales, que no tienen
una conciencia moral, y que están diseñadas para generar ganancia en el corto
plazo y beneficiar solamente a sus accionistas y no a la comunidad ni a la
fuerza laboral. Es más, las corporaciones buscan externalizar los costos que el
“público incauto” le permita; es una “máquina de externalizar”.
Esto
se puede apreciar, por ejemplo, en las bajísimas remuneraciones que pagan en
países pobres; han generado la “ciencia” de la explotación, pues han logrado
maximizar la utilidad del tiempo de trabajo.
Uno
de los entrevistados señala que en nuestra búsqueda de riqueza y bienestar
hemos creado algo que nos va a destruir. Otro, agente de bolsa de valores,
menciona incluso al Perú como el país en el que se está contaminando un pueblo
por explotar el cobre que ellos venden.
Patología del comercio
El
diagnóstico de psicopatía calza en las corporaciones, en tanto personas
jurídicas: indiferencia a los sentimientos, no mantiene relaciones duraderas,
indiferencia por la seguridad de otros, mentir por lucro, incapacidad para
sentir culpa, falta de conformidad con las normas sociales en lo que respecta
al comportamiento legal. Por tanto, cabe planear la cuestión de si la
corporación fue creada a imagen y semejanza de un psicópata, ¿quién tiene la
responsabilidad moral de sus acciones? Una corporación es una estructura legal
artificial
Obligaciones monstruosas
Puede
asumirse que todo ser humano es una “persona moral”. Pero todas las personas en
determinadas circunstancias podrían operar una cámara de gas o ser un
santo. Hay que distinguir el rol de las
instituciones del de las personas. Es por ello que buenas personas (padres,
esposos, patrones) terminan siendo directivos monstruosos de una corporación.
Una
de las consecuencias más funestas de esta diferencia entre las personas y las
instituciones es que en la devastación hay una oportunidad para hacer buenos
negocios.
El asunto de los límites
Con la desregulación, la privatización y el
comercio libre estamos viendo otro cerco, otra apropiación privada de espacios
comunes. La apropiación de esos espacios comunes (tierra, agua, aire) no es
creación de riqueza, es la usurpación de la riqueza. ¿Quién crea la riqueza?,
¿esta se da solamente cuando es privada?, ¿cómo se llama el agua limpia, el
aire puro y un ambiente seguro?, ¿no son riquezas?, ¿por qué se llama riqueza
solo cuando una entidad lo cerca y lo convierte en propiedad privada? Durante
los últimos siglos se han pasado más cosas al dominio público.
Noam
Chomsky: la privatización es tomar una institución pública y dársela a una
tiranía irresponsable.
Un
ejecutivo de Nike manifiesta su punto de vista favorable a que la propiedad
privada se generalice en el mundo sobra cada porción de espacio. Esa sería una
solución a los problemas actuales.
Entrenamiento básico
Al
igual que otras instituciones (como las iglesias, la escuela, los partidos políticos,
etc.), la corporación nos da unas virtudes, un rol social, que es el del buen
consumidor. Se exalta el rol del consumidor, su poder. Noam Chomsky afirma que las
corporaciones deben lograr consumidores no pensantes que consumen lo que no
necesitan (“filosofía de la nimiedad”). Y debe a través del mercadeo captarse a
esos consumidores y qué mejor desde niños.
Las
corporaciones nos están enseñando a pensar de cierta forma desde hace mucho
tiempo. Y cuando se trata de la propia corporación, nos enseñan que esta es una
institución inevitable, eficiente, indispensable y responsable del progreso y
de la buena vida.
Gerencia perceptiva
“Es
una metodología que nos ayuda, cuando trabajamos con los clientes, a pasar por
un proceso sistemático y poderlos ayudar a identificar cuántos recursos tienen,
cuáles son las barreras para su éxito”.
Desde
la perspectiva de la “gerencia receptiva” se ha trabajado la idea de que las
corporaciones usan el dinero de los contribuyentes para hacer buenas obras; eso
mejora su imagen, desde luego, pero a la vez reduce sus impuestos.
Una celebración privada
Naomi
Klein señala que la apropiación del espacio público por publicidad es más que
publicidad, es producción. Las corporaciones del futuro, más que productos,
producen marcas. Y es un proyecto sumamente invasivo, se quieren construir
refugios privatizados marcados. Como si la civilización fuera una serie de
intercambios exclusivamente comerciales.
Hoy,
conforme a los criterios de la Corte Suprema de los EEUU se pueden patentar
todo tipo de seres vivos, excepto los humanos. Si la humanidad no reacciona, en
unos diez años unas pocas compañías serán dueñas de los genes de la evolución
de nuestra especie.
En
esa línea, se puede apreciar que las corporaciones tienen una larga historia de
justificar los gobiernos tiránicos. El fascismo llegó al poder en Europa con la
ayuda de las grandes corporaciones. Hubo un pacto entre las grandes
corporaciones de EEUU y la Alemania Nazi.
El
poder de las corporaciones, si se las compara con hace 50 o 60 años, ha
crecido, porque por al haberse convertido en entidades globales, los gobiernos
han perdido la posibilitad de controlarlas. “El gobierno y la industria se
consultan y trabajan juntos”.
¿Por
qué hoy en día las corporaciones hablan de responsabilidad social? Es mejor, en
todo caso, que el discurso sea en ese sentido y no en el contrario; ahora bien,
esto de la responsabilidad social es una propuesta propia de las corporaciones.
¿Por qué tiene que decidir que es “socialmente responsable” ellas? Ese no es su
campo. Eso le corresponde al gobierno.
Naomi
Klein señala que en las corporaciones hay grietas y fisuras. De esa manera, se
afirma que lo que se necesita es estudiar las raíces de la forma legal que creó
esta bestia y tenemos que pensar quién puede hacerlos responsables.
Como
individuos debemos aceptar la responsabilidad de nuestras acciones colectivas.
Los
pueblos de Licking y Order hicieron historia al aprobar Ordenanzas que eliminan
los derechos de las corporaciones como “personas”.
Pego abajo el video:
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Transiciones en América Latina y en el Perú: de los gobiernos miliatres hacia la democracia política
Este es el cuarto ensayo que se tuvo que elaborar como parte del desarrollo del curso Procesos políticos en el Perú y América Latina siglo XX, que dicta el profesor Piero Corvetto en la Maestría en Ciencia Política de la PUCP.
1. Concepto
Los procesos de
transición política a los que se refieren las lecturas, están referidos al paso
(largo y complejo) de lo que O’Donnell denomina como “Estado Burocrático
Autoritario” hacia la democracia política. Por
transición debe entenderse, entonces, el intervalo que nos lleva de un régimen
político a otro. Sin embargo, para precisar el concepto, en el caso de las
lecturas analizadas, este intervalo tiene un inicio en el final de un régimen
autoritario y se dirige hacia un régimen de democracia política; por tanto, se
trata de un camino hacia algo mejor (democracia política) y que tiene como
sustrato la idea de progreso político.
Durante la
segunda mitad del siglo XX, se presentaron en América Latina una serie de
interrupciones de los regímenes democráticos protagonizadas por las Fuerzas
Armadas que, en casi todos los casos, asumieron el ejercicio del poder y del
gobierno, aunque en alianza con ciertos sectores de la civilidad. En ese
sentido, es importante cuando Cardoso plantea como características de estos
regímenes el que se le otorgue al Estado un rol central en la toma de
decisiones y el control político directo de las Fuerzas Armadas, aunque dejando
que el sector privado desarrolle las actividades económicas, dentro del nuevo
contexto de inserción en la economía mundial y bajo el esquema conocido como
“de sustitución de importaciones”. Por tanto, las Fuerzas Armadas, como
corporación, y los grupos sociales dominantes (las “burguesías” cada vez más
presentes por los importantes procesos de industrialización llevados a cabo),
asumen el ejercicio del poder político, las primeras, y el poder económico, las
segundas. Es más, estos períodos de
gobiernos autoritarios tienen como característica común, según Cardoso, que
dinamizaron la transición de una sociedad tradicional y capitalista a una
sociedad de masas internacionalizada en lo económico.
Por tanto,
estos regímenes políticos se caracterizaron por asumir, en lo político, formas
cercanas al fascismo; mientras que, en lo económico, pretendieron darle un
impulso dejando esto a la actividad privada.
Como decía
antes, la transición a la que se refieren los textos analizados es la que va
desde un régimen autoritario y burocrático como el descrito hacia lo que se
conoce como democracia política. Para esto, O’Donnell precisa que estamos ante
un Estado Burocrático Administrativo cuando el sector popular se encuentra
excluido del quehacer político; además, las instituciones políticas propias de
la democracia no existe o apenas subsisten formalmente y restringir la
participación en el aparato estatal a determinadas cúpulas. Basta que
cualquiera de esos elementos se desvanezca, para que el Estado deje de ser uno
de carácter Burocrático Autoritario; pero eso no significa que la transición
hacia la democracia política haya concluido. Es más, O’Donnel plantea la idea
que en este tipo de transiciones el punto de partida es uno situado en el
Estado Burocrático Autoritario, pero el punto de llegada es incierto, pudiendo
ser uno de esos puntos la democracia, pero no necesariamente, pues incluso
podría darse el caso que se llegue a un régimen de mayor nivel de autoritarismo
aun.
Es más,
respecto a qué se entiende por democracia política también se genera una
profunda discusión, toda vez que dicho concepto podría, para unos, restringirse
al contenido normativo de dicho concepto (que incluye la competencia por el
acceso al gobierno, el respeto de los derechos humanos de primera generación,
es decir, fundamentalmente los derechos civiles), mientras que, para otros, debería
también incluir la búsqueda y la vigencia de los derechos de segunda generación
(sociales y económicos). O’Donnel plantea que la transición tiene que ver con
el primer alcance del concepto.
2. Análisis
comparativo de la transición en el Perú y el caso de Uruguay
Perú
El análisis comparativo
se hará a partir de los textos de Guillermo O’Donnell (Notas para el estudio de
procesos de democratización política a partir del estado
burocrático-autoritario), de Fernando Henrique Cardoso (¿Transición política en
América Latina?) y de Julio Cotler (Intervenciones militares y transferencias
del poder a la civilidad en el Perú).
Cardoso plantea
en relación con el Perú que, a diferencia de los demás regímenes burocrático
autoritarios, el ejército planteó una visión nacionalista; los demás ajustaron
su visión como engranajes de la economía internacional dominada por las grandes
corporaciones y, por tanto, no le imprimieron el componente de nacionalismo que
sí se habría dado en el Perú.
En esa línea,
Julio Cotler afirma que la relativa autonomía de las Fuerzas Armadas peruanas
con respecto a la oligarquía se empezó a gestar a finales de la década de los
cincuenta, pasando por el golpe de 1962, tendencia que culminó con el golpe de
Estado de 1968 (sobre este último, Guillermo Nugent ha sostenido que Velasco
liquidó el gamonalismo y que, por ello, los sectores conservadores lo aborrecen
hasta hoy).
Cotler plantea
el inicio de estas transiciones en el gobierno de Odría, el mismo que había
desarrollado un gobierno autoritario en lo político, pero que generó una
apertura a la inversión extranjera. Este gobernante convocó a elecciones en
1956 y el Apra inició lo que se denominó al “convivencia”, como consecuencia de
haber soslayado sus principios nacionalistas y antimperialistas originales, lo
que le costó una serie de cuestionamientos y renuncia de militantes. La
situación que se vivía permitió que emergiera como líder político el arquitecto
Fernando Belaúnde Terry, quien planteaba ciertos postulados reformistas (respecto
fundamentalmente de la propiedad agraria y el tratamiento de las inversiones
extranjeras); por su parte, estas tendencias reformistas también afectaron a
las dos instituciones más representativas del país: la Iglesia y el Ejército,
que eran sostén fundamental del régimen oligárquico. Toda esta situación
desencadenó el golpe de 1962, etapa que concluyó con las elecciones de 1962, en
las que salió elegido Presidente Belaunde, quien fue bloqueado en su ejercicio
gubernamental por la alianza parlamentaria APRA-UNO. Esta situación generó que
no pudiera llevar a cabo diversas reformas ofrecidas lo que generó un malestar
en la sociedad y se inició un fuerte endeudamiento público. La situación se
agravó y se generó el temor de un nuevo golpe militar, lo que dio lugar a un
reacomodo político por el cual se conformó la alianza entre Acción Popular y el
Apra.
En 1968, las
Fuerzas Armadas, lideradas por el General Velasco, dieron un nuevo golpe de
Estado que, siguiendo la línea de los militares reformistas de 1962, quisieron
darle un contenido más social a su gobierno. Como se ha dicho antes, este golpe
liderado por Velasco tuvo un carácter fundamentalmente nacionalista y llevó
adelante una serie de reformas, con sustrato en las Fuerzas Armadas entendidas
como una gran corporación, lo que fue su fortaleza, pero a la larga también su
mayor debilidad, pues no tenía una forma de comunicación con la sociedad y,
especialmente, con los sectores populares. El Apra, encabezado por Haya de la
Torre, dio una suerte de tregua al gobierno, toda vez que este estaba
implementando en buena cuenta, las medidas de su agenda política original. Sin
embargo, en la medida que pasaba el tiempo y la crisis económica empezaba a
afectar a los peruanos, se proscribieron las organizaciones políticas, pero
esto no cortó la movilización de muchos sectores, afectados por la crisis
económica y la incapacidad de manejo económico de los militares.
En 1975,
Morales Bermúdez depuso a Velasco, iniciando la segunda fase del gobierno
militar. Este nuevo líder pensó encontrar alguna forma de generar comunicación
y confianza con los sectores sociales, pero no lo logró, pues la crisis
económica afectó mucho la situación social y, a pesar de las medidas
autoritarias, como la declaración de un estado de emergencia prolongado, los
sectores sociales siguieron movilizándose. Se implementaron una serie de
medidas económicas, coordinadas con el FMI, lo que le dio algún oxígeno al
régimen. Sin embargo, el descontento social seguía manifestándose.
Ya desgastado
el régimen militar, en 1977, se anuncia que se convocaría a una Asamblea
Constituyente, primero, y, luego, a elecciones generales para Presidente y
Parlamento. En este punto, vemos que se inicia la transición hacia la
democracia política, por causas extrínsecas derivadas de la actividad social de
protesta contra el régimen y la cierta inviabilidad del régimen, además del
consenso de la mayoría de los militares de que era necesario dejar el gobierno,
lo que le da también un contenido intrínseco a esas causas. En ese contexto de
transición y ya cuando se convoca a las elecciones para la Asamblea
Constituyente, el Apra con Haya de la Torre se constituye en el protagonista de
la oposición, al plantear una tregua al gobierno para que atienda el tema
económico que afectaba al país, mientras la Constituyente se dedicaba a la
elaboración de la Constitución. Esto le permitió generar una alianza con el
gobierno. Me genera dudas el calificar a esta oposición como “oportunista” o
como “democrática”, esto fundamentalmente por los antecedentes inmediatos de la
actitud política de este partido, primero, de abandonar sus originales banderas
políticas, y, segundo, por las alianzas impensables que asumió con sectores
como el régimen de Odría y la UNO.
Ahora bien, me
parece muy interesante para describir este periodo de transición política el
que Cotler plantee que la Asamblea Constituyente fue una suerte de medio de
catarsis para los sectores sociales movilizados, promoviendo el progresivo
cambio de régimen político. Es más, siguiendo lo que O’Donnell plantea, esta
transición se habría dado en los mejores términos que aseguren su camino hacia
la democracia política, pues no se habrían afectado los “intereses
fundamentales” de las Fuerzas Armadas y tampoco las de los grupos dominantes,
pues, a pesar de haberle dado un contenido más social a la Constitución, esta
siguió manteniendo el criterio de mercado.
Contrariamente
a lo que se esperaba, en las elecciones convocadas para 1980, muerto ya el
líder aprista, y con las pugnas en ese partido, quien ganó las elecciones fue
el mismo derrocado por el régimen que ahora salía, Belaunde.
En ambos
momentos importantes de esta transición, las izquierdas participaron totalmente
divididas, pues existían sectores más moderados y también otros extremistas.
Para el año 1980 participaron, pero su porcentaje de votos se redujo. Aunque
Cotler no habla de este particular, el Gobierno de Belaunde, que continuaba
desde mi punto de vista con la transición, se vio en medio de un contexto
complejo, pues irrumpió desde el mismo día de las elecciones la violencia
política ejercida por el Partido Comunista del Perú liderado por Abimael Guzmán
Reynoso. Por tanto, dicha transición se habría enfrentado a los duros y blando
del Estado Burocrático Autoritario, pero también a la oposición maximalista y,
además, a este grupo al margen del sistema democrático y que se alzó en armas.
Uruguay
Coincidentemente
a lo que sucedió en el Perú entre 1968 y 1980, la interrupción del régimen
democrático en este país dura un periodo de doce años (1973-1985). La tradición
democrática de Uruguay era un asunto bastante consolidado.
Ahora bien,
creo que, independientemente de ciertas semejanzas, hay más diferencia entre
los procesos comparados, toda vez que en el caso de Uruguay la irrupción de las
Fuerzas Armadas se dio de manera soterrada y no directa como en el caso del
Perú y a partir de algunos sectores del Partido Colorado. Se valió de
connotados líderes políticos civiles a los que encumbró como “fantoches”; el
únco presidente militar fue el General Álvarez. Sin embargo, se proscribió en
algún momento a los dos partidos que monopolizaban el panorama político
uruguayo (el Blanco y el Colorado).
Asimismo,
fueron los militares los que buscaron su legitimación en el poder a través de
la Constitución que se elaboró en el año 1980 y que se sometió a un referéndum
en el que no recibió el respaldo popular. La actividad política no desapareció
del todo, pese a las proscripciones. Es más, también se suscitó un fenómeno
guerrillero que las Fuerzas Armadas sofocaron con asesinatos y desapariciones
también.
La crisis
económica afectó también el régimen cívico-militar y fue una de las causas de
que se iniciara, desde los sectores blandos del gobierno, una búsqueda de la
transición.
La izquierda
fue proscrita de manera específica para no participar en los procesos
electorales, aunque después volvió a la arena política y aceptó participar de
las negociaciones.
Para las
negociaciones que desembocaron en las elecciones de 1985, se generó un espacio
de negociaciones de las que se excluyeron los extremistas de ambos lados
3. Reflexiones en torno a la situación del Perú con
posterioridad a 1980
La
caracterización que hace O’Donnell para las transiciones desde los Estados
Burocrático Autoritarios hacia la democracia política me parece muy interesante
y muy útil incluso para analizar la más reciente transición del régimen
fujimorista. Esto me ha generado algunas dudas respecto a la duración de la
transición, pues, ¿podríamos decir que la transición hacia la democracia
política ya concluyó en ese caso?, ¿o podemos decir más bien que la transición
política se sigue desarrollando? Me refiero a esto, por el hecho de que hoy, de
manera semejante a lo que sucedía en el año 1980, el actual gobierno parece
estar entre dos “fuegos”; por un lado, los representantes del movimiento
fujimorista, quienes siguen reivindicando el gobierno de Alberto Fujimori y,
por el otro lado, el MOVADEF, movimiento que reivindica al senderismo,
militarmente derrotado, pero que aun subsiste. Es decir, en el contexto actual,
aparentemente, podríamos tener un devenir distinto al de la democracia política
que al menos formalmente vivimos hoy, pudiendo racalar en un neofujimorismo, lo
que generaría el desarrollo de un régimen no precisamente democrático. Si bien
es cierto el contexto político, social, económico es diferente, lo que sucede es
que esa amenaza está ahí, como permanentemente presente y ha llegado a
constituirse en el presente en la segunda fuerza política del Parlamento.
Esto, desde mi punto
de vista, muestra que el proceso de transición iniciado con la renuncia de
Alberto Fujimori y la elección por el Parlamento de Valentín Paniagua no habría
concluido, pese a que, desde entonces, se han producido tres procesos
electorales. La democracia parece en este contexto pender de un hilo.
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viernes, 26 de octubre de 2012
La revolución mexicana y la revolución cubana: una mirada comparativa de su influencia en América Latina
Este es el segundo ensayo que se nos pidió en el curso del profesor Piero Corvetto, en la Maestría en Ciencia Política en la PUCP.
1. Concepto
1. Concepto
El concepto
trabajado en clase de “revolución” resulta bastante interesante, toda vez que
enmarca el mismo a la “tentativa” de desarrollar un cambio en lo político,
económico, social y jurídico, recurriendo para ello al ejercicio de la
violencia. Es decir, si se trata de una tentativa no implica, necesariamente,
que este proceso de transformación sea exitoso o llegue a culminar; puede
tratarse simplemente de un proceso de tal magnitud que, sin embargo, no llega a
generar de manera efectiva el cambio que se buscó; por ello, se puede hablar
también de “revolución fallida” o “revolución inconclusa”.
Por tanto, en este
punto me parece importante que se tenga en claro que se desarrolla el concepto
de “revolución” nos estamos refiriendo a un proceso que puede tener carácter
político, económico, social, jurídico, tecnológico, religioso, etc., el mismo
que afectará uno o más ámbitos de la vida social. Este proceso puede haber dado
lugar a un cambio radical de las estructuras prexistentes, el mismo que genera
que surjan nuevas autoridades, nuevas instituciones políticas, probablemente un
nuevo sistema económico; quizá es esto lo que se vivió en los casos de la
Revolución Francesa o de la Revolución Rusa. Sin perjuicio de que se producen
esa transformación radical, lo cierto es que la dinámica o las dinámicas de una
sociedad son sumamente complejas y “lo antiguo” resiste a desaparecer del todo
y, por tanto, “lo nuevo” tiene que también asimilar esa herencia.
Ahora, resulta
importante diferenciar el concepto de “revolución” de conceptos como “rebelión”
o “golpe de Estado”. En el caso de una rebelión, nos encontramos más frente a
un movimiento de carácter localizado y de un alcance limitado, generalmente, a
reivindicaciones de carácter meramente personal o grupal, y no nacional. En el
caso de un Golpe de Estado, tenemos que el único cambio que se da es el de las
autoridades, pues estamos frente a una manera de acceder al poder político, sin
que ello implique cambios mayores.
Podría darse el caso
de que una rebelión devenga en revolución. Del mismo modo, un Golpe de Estado
podría ser el inicio de una revolución.
A partir de todo lo
anterior, creo que resulta importante formular la pregunta de si, en efecto,
toda revolución implica el ejercicio de la violencia. Desde mi punto de vista,
si bien las revoluciones han sido normalmente violentas, esto no es algo
necesario. Como mejor ejemplo tendríamos al proceso que se denomina como
“revolución industrial”, proceso que cambió de manera drástica el concepto en
el que las diferentes actividades económicas se desarrollaban.
Por otro lado, en el
Perú se produjo un golpe de estado el año 1968, liderado por el General Velasco
Alvarado. Si bien dicho acceso al poder se dio a partir de un simple movimiento
militar que, seguramente, generó ciertos niveles de violencia, el proceso de
medidas y reformas desarrolladas por su gobierno no parece haber sido
violentas. Guillermo Nugent ha señalado que con la Reforma Agraria se tiene un
punto que marcó un antes y un después; él lo define como uno de los momentos
más importantes de nuestra historia republicana, pues virtualmente se liquidó a
la oligarquía peruana. De ser cierto esto, estaríamos frente a un proceso que
también podría catalogarse como de “revolucionario”, pues las estructuras
sociales y el carácter de la propiedad habrían sido transformados de manera
esencial, pero dicho proceso no habría tenido un carácter violento.
Por tanto, desde mi
punto de vista debería relativizarse el que la violencia sea un elemento innato
del concepto de revolución.
2. Análisis
comparativo de la revolución mexicana y revolución cubana
El análisis comparativo
se hará a partir de los textos de Javier Garciadiego y Sandra Kuntz (La
revolución mexicana) y de Hugh Thomas (Cuba. La Lucha por la libertad). En este
punto, quiero empezar con una impresión que me deja la lectura de Garciadiego y
Kuntz, que es la de que la revolución mexicana fue un conjunto de rebeliones
que, por su duración y el alcance que fueron adquiriendo, generaron ese proceso
que duró desde 1910 hasta 1920, fecha en la que se habría iniciado el periodo
de construcción postrevolucionaria. Ahora bien, la percepción más marcada que
tengo es que esa revolución tuvo como actor ausente a las poblaciones
indígenas; esta percepción, inicialmente, me la dio la ausencia de apellidos
indígenas. Si bien es cierto se señala que se trató de una “revolución
agrarista”, por la importancia de los sectores campesinos en las guerras y en
los mismos hechos políticos, lo cierto es que las poblaciones indígenas parecen
haber estado ausentes o, en todo caso, su presencia fue simplemente periférica.
Quizá el caso menos claro en cuanto a esta ausencia es el del movimiento
liderado por Emiliano Zapata. No niego que, como señalan estos autores, la
revolución mexicana haya tenido el contenido social por los movimientos
desarrollados con base popular (Zapata y Orozco). Pero aunque lo popular, e
incluso lo campesino, pueden incluir lo indígena, no necesariamente es así.
En el caso de la
revolución cubana, tenemos que el motor fundamental de la victoria guerrillera
del Movimiento 26 de Julio fue el sector campesino que se adhirió a la misma,
en los tiempos de la Sierra Maestra. Este fue un actor fundamental para la
rápida victoria guerrillera que derrocó a Fulgencio Batista. Esto lo plantea
Thomas.
Ahora bien, tenemos
un primer elemento común en ambos procesos revolucionarios: el carácter
campesino del mismo. Esto no niega la importancia de sectores medios e
intelectuales en la dirección de ambos proceso, pero la fuerza motriz en ambos
movimientos fue el campesinado.
En ambos procesos,
se desarrolló una “reforma agraria”, aunque en el caso de México la reforma
planteada no tuvo como objetivo alterar o modificar sustancialmente la
estructura de propiedad; es más, todos los bandos o sectores que participaron
de la revolución reconocían la relevancia de la propiedad privada para la
economía mexicana. La reforma agraria mexicana afectaba fundamentalmente las
grandes propiedades y no las pequeñas y medianas.
Por su parte, la
revolución cubana planteó también una “reforma agraria” que era como las
reformas planteadas en otros países latinoamericanos y contó con el apoyo de
sectores liberales e incluso de la Iglesia Católica; sin embargo, con el
devenir de los hechos, esta se fue radicalizando y terminó afectando la
estructura misma de la propiedad, pues virtualmente se fue eliminando la propiedad
privada.
Ahora bien, Thomas
cita a Fidel Castro quien habría manifestado, frente a las movidas y decisiones
políticas dentro de Cuba pero también en el ámbito internacional, que se
trataba de una interesante partida de ajedrez. En efecto, el contexto en que se
desarrollaron ambos procesos revolucionarios es bastante importante, pues es
ese contexto el que condiciona el devenir histórico peculiar de cada uno. Y,
además, destaca la relevancia del factor humano y , especialmente, del factor
del líder o líderes del movimiento.
En el caso de la
revolución mexicana tenemos que se trata de un conjunto de rebeliones,
disputas, movidas políticas, guerras, desarrolladas durante un espacio temporal
de diez años; este proceso se inició en el norte de México y de ahí se fue
extendiendo hacia el centro del país, con una presencia bastante mínima en el
sur (las huestes de Zapata). La causa que dio inicio a esta revolución fue la
oposición a la relección de Porfirio Díaz; en torno a esa cusa se unieron
distintos grupos que fueron llegando al Gobierno, pero al no atender las
demandas de los grupos movilizados, fueron cayendo posteriormente.
Inicialmente, la revuelta buscó atender simplemente demandas políticas:
democracia, por ejemplo. Sin embargo, al acceder al gobierno, los sectores
populares movilizados empezaron a plantear demandas de carácter social. En este
caso, tenemos por ejemplo el caso de Emiliano Zapata y sus seguidores, quienes
planteaban demandas sociales de carácter agrario y le dieron ese tinte. Ahora bien,
los líderes que gobernaron México desde la caída de Porfirio Díaz hasta 1920 no eran precisamente radicales,
sino más bien intelectuales y líderes políticos moderados, de clase media
urbana. Pero los sectores campesinos estuvieron permanentemente movilizados.
También hubo presencia de obreros, pero sus causas eran más urbanas y, por
tanto, distintas a las de los sectores campesinos (en este punto, insisto que
lo campesino no quiere decir, en el caso de México, necesariamente indígena).
México es un país que limita por el norte con E.E.U.U. y este era su mercado
fundamental. Además, a pesar de la situación de guerra permanente (la misma que
tuvo como escenario fundamental el ámbito rural), con el inicio de la Primera
Guerra Mundial, las actividades económicas no se vieron afectadas de manera
total; es decir, la revolución no afectó del todo la capacidad productiva del
país. Pese al contexto que se vivía, las exportaciones crecieron en varios
momentos de ese período. No se afectaron propiedades extranjeras (muchas de las
cuales estaban centradas entorno a la actividad minera y petrolera, que
tuvieron un fuerte crecimiento durante la guerra mundial). Por tanto, el
contexto en el que se desarrolló la revolución mexicana no condicionó a los
líderes revolucionarios a afectar el aparato productivo con la expropiación
compulsiva de actividades económico productivas.
En el caso de la
revolución cubana, tenemos que el sino de la misma es bastante más complejo. A
diferencia de México que tiene un territorio muchísimo mayor al de Cuba, en
este último país la mayor parte de propiedades económico productivas estaban en
manos de inversionistas extranjeros, con gran presencia de estadounidenses. Si
bien es cierto la lucha guerrillera duró simplemente algo más de tres años, el
“juego de ajedrez” revolucionario se extendió más allá de la toma del poder el
1 de enero de 1959. Cuando Fidel Castro asume como Primer Ministro, el
derrotero de la Revolución era incierto. En dicho proceso habían coincidido por
su oposición al régimen de Batista diferentes grupos, pudiendo destacarse los
liberales y los comunistas; es más, una nota que a mí me pareció bastante
curiosa es que, según Thomas, incluso los comunistas habrían criticado la
insurrección armada del Movimiento 26 de julio. Y es que el Partido Comunista
Cubano alineado a la URSS, seguía los lineamientos de esta, que, en resumen,
prefería una Cuba neutral antes que comunista. Los discursos de Fidel Castro y
su postura política inicial, durante el año 1959, eran de una búsqueda de buenas
relaciones con E.E.U.U. y hasta de rechazo y cuestionamiento a los sectores
comunistas. Pero lo llamativo de todo este proceso es que E.E.U.U. reaccionó de
manera caótica y poco inteligente frente a la revolución cubana, pues
simplemente era una premisa para ellos que Cuba era un país “amigo” y con el
que jamás tendrían problemas, empezando por el hecho de que el producto que
constituía el monocultivo de la isla (el azúcar) era adquirido por dicho país
en condiciones ventajosas, además de la relación histórica que tenían. Sin
embargo, Fidel Castro y los revolucionarios tenían una fuerte convicción
martiana en el sentido de buscar y luchar por la libertad, lo que implicaba que
incluso el proceso revolucionario sería un producto autóctono, ni capitalista
ni comunista. Las luchas por el poder dentro de Cuba se fueron desarrollando
con gran intensidad y el contexto internacional también generaba una importante
actividad; es así que durante la campaña electoral de 1960 en los EEUU, Cuba
ocupó un lugar central y produjo una situación paradójica en la cual el
candidato demócrata (Keneddy) formuló una serie de planteamientos conservadores
y propios de los republicanos en torno a Cuba, mientras que el candidato
republicano (Nixon) hizo planteamientos más liberales. Un funcionario
norteamericano planteó al metáfora de que la revolución cubana era para EEUU
una astilla clavada en la carne, pero una daga en el corazón. Sin embargo, la
forma en que actuó EEUU desde el principio, dio muestra, primero, de no saber a
qué se enfrentaban (la propia CIA no sabía si Castro era o no comunista) y,
luego, de tomar decisiones poco adecuadas para resolver ese conflicto. Una
lectura puede indicar que la “comunistización” de Castro y de la revolución fue
un efecto de la política estadounidense hacia Cuba y el no asumir que era un
país libre, incluso para optar por el comunismo. A medida que se hacían más
conflictivas las relaciones EEUU-Cuba, este último país iba virando hacia la
izquierda y afectando intereses de EEUU o de ciudadanos suyos (haciendas,
empresas, industrias).
Otro aspecto en el
que podemos diferenciar ambos procesos revolucionarios es que, una vez tomado
el poder, había que sustituir a las autoridades antiguas; en el caso de la
revolución mexicana, tenemos que se recurrió a diferentes grupos de clases medias,
que no habían sido parte del porfiriato. Contaron con un importante grupo de
intelectuales. Por tanto, la transformación de los ámbitos político, cultural,
económico, educativo, si bien fueron cambios de un esquema hacia otro, no
fueron del todo dramáticos. En el caso cubano, las pugnas que alejaron a los
liberales de la revolución y las presiones de los EEUU, con las amenazas y
apoyo efectivo a invasiones, generaron que hubiera una falta de cuadros para
dirigir esos distintos procesos de transformación de los ámbitos de la
sociedad, por lo que, incluso, ante la carencia de técnicos se acogió a
técnicos latinoamericanos, especialmente chilenos. Es más, cuando la
orientación comunista de la revolución ya empezaba a acentuarse, es bastante
claro el sentido de la anécdota que cuenta Thomas cuando el Che Guevara convoca
a uno de los últimos empresarios que no había sido afectados por las reformas
y/o expropiaciones y lo invita a dirigir la actividad industrial de Cuba.
3. Influencia de
estos procesos en América Latina
En cuanto a la
influencia de estos procesos, creo que ambos dejaron huellas y abrieron un
rumbo para los distintos países de América Latina. Así, por ejemplo, en el caso
de la Revolución Mexicana un primer nivel de influencia fue el de su posición
de neutralidad; esto marcó un hito para el continente, pues la influencia de
EEUU era y es muy evidente, lo que deja en cuestión nuestra soberanía. Otro
punto de importante influencia es el de la construcción de la nación mexicana,
con un carácter fuertemente nacionalista y de revaloración de la herencia
prehispánica (en el México revolucionario surge el movimiento indigenista que
tuvo tanta fuerza en nuestra región, especialmente en países como el Perú,
Bolivia y Ecuador. Ahora bien, el indigenismo no equivale a indígena; quizá
ello explica que hoy se hayan vuelto a levantar, reivindicando la figura de
Emiliano Zapata, demandas de las poblaciones indígenas de México.
En el caso de la revolución
cubana, creo que su influencia se siente, en la práctica, más hoy en día que en
los años que describe Thomas. Una influencia inmediata fue el surgimiento de
grupos que plantearon como alternativa revolucionaria la guerra de guerrillas;
Thomas afirma que Castro habría dicho en algún momento que debería prender en
la Cordillera de los Andes la misma llama que encendió la Sierra Maestra. Esta
irradiación llevó al propio Che Guevara que murió asesinado en Bolivia. Su
influencia inmediata también fue de generar una solidaridad hacia Cuba que, en
los debates de la ONU, no ha cesado hasta hoy. Sin embargo, Cuba fue expulsada
de la OEA, pero creo que la Latinoamérica de hoy está tratando de construir un
camino más libre e independiente, llegando incluso a haber afirmado en la
última reunión de la OEA que esta habría sido la última sin Cuba.
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domingo, 14 de octubre de 2012
Información reciente sobre la denominada "Crisis de los misiles"
La BBC publica hoy un interesante reportaje que arroja nueva información sobre ese hecho histórico conocido como la Crisis de los Misiles. Lo transcribo a continuación.
Los cubanos quedaron "dolidos" por las acciones de los soviéticos y hasta finales de la década de los sesenta permanecieron "resentidos" por haber sido puestos en una posición en la que "básicamente no tenían otra opción más que ceder a los deseos de Krushev", considera Brenner.
Pero eso nunca se dio. Kennedy fue asesinado 11 meses después y Krushev fue obligado a retirarse en 1964.
La Crisis
de los Misiles duró más de lo que se cree
"La
crisis de los misiles cubana no terminó el 28 de octubre de 1962, Cuba se iba a
convertir en una potencia nuclear, justo en las narices de Estados Unidos y a
140 kilómetros de Florida".
La que
habla es Svetlana Savranskaya, directora de operaciones rusas del National
Security Archive, una institución no gubernamental de Estados Unidos.
Savranskaya revela en entrevista exclusiva con la BBC que
existió una segunda y secreta Crisis de los misiles, como se le conoce en
EE.UU., o de Octubre o del Caribe, como se le dice en Cuba y Rusia,
respectivamente.
El conflicto entre Washington, Moscú y La Habana se desató
el 14 de octubre de 1962, cuando EE.UU. descubrió que la Unión Soviética tenía
bases de misiles nucleares en Cuba.
A la crisis de los misiles se la suele considerar como el
momento de máximo peligro del siglo XX, pero en su 50º aniversario la BBC
accedió a nueva información que pinta un cuadro aún más peligroso de cómo se
desarrolló la crisis.
El mundo respiró aliviado cuando el presidente soviético
acordó retirar sus 42 misiles nucleares de sus bases en Cuba. A cambio, su par
estadounidense prometió no invadir la isla.
Documentos que serán publicados el 17 de octubre revelan
que, lejos de poner fin a la crisis con el acuerdo alcanzado por John
Fiztgerald Kennedy y Nikita Krushev, a finales de octubre hubo una segunda
crisis.
Los papeles forman parte del archivo personal de Anastas
Mikoyan, número dos del Kremlin durante la crisis y enviado a Cuba.
Castro está "muy molesto"
Aunque Kennedy insistió en un estricto monitoreo de las
posiciones de los misiles, en un fallo de inteligencia, comandantes
estadounidenses no advirtieron la presencia de más de 100 armas nucleares
tácticas.
Mientras tanto, Fidel Castro, excluido de las negociaciones
entre las superpotencias, comenzó a dejar de cooperar con Moscú.
"Castro está muy molesto con la traición soviética, los
cubanos se sentían traicionados porque para ellos el gobierno soviético hacía
una concesión tras otra a los estadounidenses, sin consultar a su aliado
cubano, un sentimiento compartido por los militares soviéticos en la
isla", dice Savranskaya.
"Castro creía en primer lugar en la dignidad, y su
obsesión con el orgullo y la dignidad de la Cuba revolucionaria condujo su
conducta a lo largo de la crisis", agrega Philip Brenner, profesor de
relaciones internacionales e historia, quien ha escrito varios libros sobre la
relación entre Estados Unidos y Cuba.
Krushev, temeroso de perder el control y de que su aliado
cada vez menos confiable pudiera obstaculizar el acuerdo, inmediatamente envió
a La Habana a su camarada de más confianza, su viceprimer ministro Anastas
Mikoyan.
El pedido llegó en un momento complicado: la esposa de
Mikoyan estaba gravemente enferma, pero él "sintió que era su deber ir y
se dio cuenta del peligro que representaba que Castro tuviera el orgullo
herido", señala Brenner.
A su llegada a La Habana, Mikoyan se enteró de la muerte de
su esposa y Castro, que todavía estaba furioso y había rechazado recibir al
enviado, cedió tras enterarse del fallecimiento.
El enviado encontró a Castro nervioso y conspirativo,
convencido que Moscú había perdido interés en defender la isla. Sin embargo,
bajo claras instrucciones de Krushev, Mikoyan hizo su oferta: podía quedarse
con las armas nucleares tácticas, con la condición de que no se lo dijeran a
los estadounidenses.
Las dudas soviéticas
En privado, Mikoyan tenía dudas sobre dejarle las armas
nucleares a Castro.
"Pensaba que con el orgullo cubano y frente al hecho de
que los cubanos consideraban la posibilidad de una guerra nuclear de una manera
muy diferente a los soviéticos, sería muy peligroso e incluso irresponsable
dejar las armas en manos cubanas, pero sus manos estaban atadas: ese fue el
acuerdo", señala Savranskaya.
Durante noviembre, Castro se volvió cada vez más beligerante
hacia Washington y Moscú: se oponía a los vuelos de vigilancia estadounidense
que vigilaban el retiro soviético y, desesperado por marcar su postura ante lo
que considera una provocación, decidió que el ejército cubano tendría órdenes
de disparar a las aeronaves.
Savranskaya asegura que Castro lo hizo sin consultar a los
soviéticos, lo que "sorprendió" a los líderes porque constituía
"claramente un paso hacia la escalada de la crisis".
Una serie de cartas entre Kennedy, Krushev y Castro arroja
luz sobre sobre la tensa situación diplomática. "Las cartas
Armagedón" revelan que mientras Mikoyan estaba en La Habana, el presidente
estadounidense y el líder soviético llegaron a la conclusión de que el problema
tras la crisis no era entre ellos, sino con Fidel Castro.
Aislado en La Habana, Mikoyan se enfrentaba a una decisión
que podría tener consecuencias incalculables para el mundo. Y se dio cuenta
que, una vez más, el tiempo se estaba agotando.
Luego de que Castro ordenara disparar contra una de las
aeronaves estadounidenses, "Mikoyan –dice la directora del National
Security Archive– tomó una decisión sin consultar al gobierno central
soviético: que las armas nucleares tácticas iban a tener que ser
removidas".
Era poco después de mediados de noviembre. Pero los
acontecimientos se movían más rápido que lo que el enviado soviético había
anticipado.
El 19 de noviembre los cubanos le dieron instrucciones a su
representante Carlos Lechuga para que revelara el secreto. En la sede de
Naciones Unidas en Nueva York, el embajador cubano estaba a punto de decirle al
mundo sobre las armas secretas. Mikoyan inmediatamente se comunicó con Moscú.
Pero desde allí nunca recibió "instrucciones
claras" sobre qué hacer con las armas nucleares, explica Savranskaya:
"Mikoyan estaba esperando instrucciones, pero tenía que reunirse con
Castro en la noche del 22 de noviembre de 1962 y sabía que esta conversación
sería sobre las armas y sobre el destino del acuerdo militar entre la Unión
Soviética y Cuba".
"En mi opinión –agrega– la transcripción palabra por
palabra de esta conversación a la medianoche entre Castro y Mikoyan
probablemente sea el documento más fascinante de toda la crisis de los
misiles".
"¿Nos las podemos quedar?"
Ésta es la primera vez que se conocen detalles de esa
reunión.
"Castro –dice Savranskaya– anticipa que los soviéticos
están a punto de hacer otra concesión a Estados Unidos y le pregunta a Mikoyan:
'¿Qué pasa con las armas nucleares tácticas? ¿Nos las podemos quedar?'. 'No, no
se las pueden quedar', dice Mikoyan. Castro señala que en el intercambio de
cartas entre Kennedy y Krushev no se mencionaban las armas nucleares tácticas,
por lo que 'los estadounidenses no tienen idea de que están acá, así que
ustedes no tienen que sacarlas, las podemos esconder en nuestras cuevas'.
Mikoyan luego dice: 'Vamos a retirar estas armas no porque los estadounidenses
lo hayan demandado, sino porque nosotros decidimos retirar estas armas'. Y
luego, interesantemente, le dice a Castro una mentira: 'Tenemos una ley secreta
no publicada que nos prohíbe transferir armas nucleares a un tercer país'. No
había tal ley en la Unión Soviética, pero le dice a Castro: 'Tenemos esta
ley'".
"Durante el resto de la reunión, –prosigue Savranskaya–
Castro vuelve una y otra vez a la misma cuestión, el líder cubano básicamente
le ruega a Mikoyan mantener lo que él ve como el último medio de defenderse de
Estados Unidos, y falla. Incluso sugiere que la 'ley' debe ser derogada, pero
Mikoyan no cede, y dice que todas las armas nucleares deben salir de Cuba. Con esa
conversación, se resolvió la crisis, las armas nucleares fueron cargadas en
barcos soviéticos y retiradas en diciembre de 1962".
Los cubanos quedaron "dolidos" por las acciones de los soviéticos y hasta finales de la década de los sesenta permanecieron "resentidos" por haber sido puestos en una posición en la que "básicamente no tenían otra opción más que ceder a los deseos de Krushev", considera Brenner.
Para
Savranskaya, los soviéticos y los estadounidenses no trataban a Cuba como un
"actor", para ellos era un "pequeño peón", pero luego
"se dieron cuenta de lo cerca que Castro había estado de hacer la crisis
mucho, mucho peor".
Tanto
Krushev como Kennedy comprendieron lo cerca que se estuvo de una catástrofe. En
diciembre de 1962, el líder soviético le escribió a JFK para sugerirle que
trabajaran en aras de la eliminación de las armas nucleares en el mundo para el
esperado segundo mandato del estadounidense.Pero eso nunca se dio. Kennedy fue asesinado 11 meses después y Krushev fue obligado a retirarse en 1964.
domingo, 23 de septiembre de 2012
LA OLIGARQUÍA: LOS CASOS DEL PERÚ Y ARGENTINA
Este breve artículo fue elaborado en el desarrollo del curso denominado "Procesos Políticos en el Perú y América Latina siglo XX", dictado por el profesor Piero Corvetto, actualmente en proceso.
Concepto como proceso
La oligarquía es
una categoría política que da cuenta de una forma de ejercer dominación, cuya
base es angosta, y se caracteriza por una naturaleza fundamentalmente
excluyente de los grupos mayoritarios; cuando se “incluye” a esos sectores
mayoritarios, esta inclusión implica un rol totalmente pasivo de estos y, por
tanto, de absoluta inocuidad en el ejercicio del poder. Se trata, entonces, del
ejercicio de una forma de dominación por parte de grupos sociales pequeños o
clases sociales, pero que cuentan con poder económico, social y político. Es
importante destacar que no se puede confundir oligarquía con una clase social;
es decir, la oligarquía no es una clase social. Es el ejercicio del poder
político por parte de grupos reducidos y con la característica de que excluye a
las grandes mayorías.
Cuando se habla
de “oligarquía” nos encontramos, según Ansaldi, frente a un concepto polisémico,
pero unívoco. Esto es muy importante y acertado.
Los criterios de
pertenencia que inspiran el ser oligárquico son de diversa índole, pudiendo
partir del linaje, lazos familiares, clase social, etnia. Lo que sí es un rasgo
común es que se trata de grupos reducidos que excluyen a las grandes mayorías:
base social angosta.
El hecho de que
se trate de una forma de dominación a partir de grupos reducidos tiene un
efecto bastante llamativo y hasta paradójico, pues implica que se acumulan
importantes cuotas de poder en esos grupos reducidos, pero las posibilidades de
ejercicio efectivo de ese poder se ven seriamente limitadas en el alcance
espacial del mismo; por ello que la oligarquía implica un ejercicio de la
dominación sobre la base de criterios de centralización, por un lado, pero
también de descentralización, por el otro lado. Esta relación entre
“centralización” y “descentralización” es un proceso dinámico y diferenciado.
Un elemento importante para analizar la oligarquía es el de la propiedad de la
tierra; el eje de la oligarquía era la “hacienda”. La propiedad de la tierra
estaba acumulada en pocas manos y esta era la base material que sustentaba el
ejercicio del poder político, social y económico a partir de grupos reducidos.
En el caso de la
oligarquía, en tanto forma de ejercicio del poder, podemos hablar de un Estado
oligárquico, el mismo que no tiene contradicción con otras formas de ejercicio
del poder, como puede ser el “Estado burgués” o “Estado capitalista” (el
ejercicio de la dominación oligárquica puede darse por grupos o clases como
pueden ser la burguesía, los terratenientes, etc). En todo caso, su versión
contraria sería la del Estado democrático. Por tanto, si nos planteamos la
necesaria identificación de conceptos antagónicos deberíamos hablar de
“oligarquía”, por un lado, y “democracia”, por el otro.
La oligarquía
asume que el Estado le pertenece, es una extensión de lo suyo; por ello, una
característica también presente es que se establecen criterios propios a esa
forma de dominación para acceder a los puestos
en la burocracia (vínculos familiares, sociales). En este caso, tenemos que a
medida que se iba generando una demanda de cuadros más capacitados o con una
formación específica para cubrir plazas en el Estado, se requería de ciertos
perfiles o profesionales. Esta podría ser una pequeña rendija a través de la
cual se fueron incorporando algunos elementos ajenos a los grupos oligárquicos en
los aparatos a través de los cuales se ejercía esa dominación.
La oligarquía
asume que el Estado es su espacio privado también y, por tanto, tiene una
visión patrimonialista de él. Por tanto, no hay una gran diferencia entre los
espacios público y privado. Es más, los espacios en los que se desarrolla la
vida social y política son la familia, los clubes sociales y los partidos
políticos; en buena cuenta, la génesis de estos espacios la encontramos en los
vínculos familiares, a partir de los cuales se extiende otros vínculos de
carácter social y político, hasta llegar al Estado en su concepción
patrimonialista.
Análisis comparativo de los casos peruano y argentino
Al efectuar un
análisis comparativo entre lo que sucedió en el Perú y lo que sucedió en la
Argentina, tenemos que hay importantes diferencias, aunque también se puede
destacar relevantes semejanzas.
En el caso
peruano, la oligarquía podría ser analizada en tres etapas:
- De 1885 a 1919 (o 1930) se da una primera etapa en la que la oligarquía ejerce el poder político de manera directa (a través, fundamentalmente, del Partido Civilista) y el poder económico.
- De 1919 (o 1930) a 1968, tiempo durante el cual la oligarquía mantiene el poder económico, pero ejerce el poder político a través de caudillos civiles y/o militares. Al menos en los años del denominado “Oncenio de Leguía”, se dio un fuerte impulso a la industrialización del país, se generó importante infraestructura, se abrió el país a las inversiones extranjera (especialmente las mineras).
- De 1968 a 1990, tiempo durante el cual se empieza a dar el fenómeno de la extinción de la oligarquía.
Desde mi punto
de vista esta clasificación debería ajustarse, pues la “extinción” de la
oligarquía no se ha dado, al menos no en plenitud. Un momento clave para esto
fue el año 1968, que se señala liquidó ese periodo de nuestra historia al
haberse dado la Ley de Reforma Agraria, lo que le quitó sustentó a un grupo
fundamental de la oligarquía que eran los terratenientes; en las ciencias
sociales (Guillermo Nugent, por ejemplo) se ha sostenido que este proceso
liquidó virtualmente a la oligarquía. Dicha afirmación resulta muy interesante
y, de hecho, cambió la configuración del mapa político, social y económico en
el Perú. Fue un golpe muy importante, pero hoy (a más de 40 años del inicio de
ese proceso) ciertos grupos de poder económico actuales, sostienen que con los
procesos de privatización de tierras se estaría dando un proceso de sino
contrario; es más, a este proceso se lo ha bautizado como “la Contrarreforma”,
en clara alusión al proceso instaurado en 1968. Estos grupos han logrado
adquirir a precios bastante “atractivos” importantes extensiones de tierra y
hoy acumulan grandes espacios; si bien es cierto la forma de relacionamiento
con los demás sectores sociales es hoy diferente, esto no niega un proceso que
se muestra hoy más evidente: nueva acumulación de la propiedad de la tierra.
Por tanto, no me parece estrictamente correcto señalar que la oligarquía se
haya extinguido del todo o esté en proceso de extinción, pues parece que
estuviéramos en un escenario semejante al de principios del siglo XX, cuando se
vivió una fuerte expansión económica, sustentada fundamentalmente en la
exportación de materias primas (minerales) y el proceso de apertura a las
inversiones extranjeras, principalmente en el ámbito de las industrias
extractivas. En todo caso, esto habría que analizarlo con mayor detalle a la
luz de hoy.
En el caso
argentino, la oligarquía tuvo su apogeo durante el periodo de 1880 a 1919.
Durante ese periodo el ejercicio del poder por parte de los grupos que
conformaba la oligarquía se dio a través del Partido Autonomista, en el que se
encontraban facciones diversas, destacando las alas “tradicionales” y
“progresistas”. Un fenómeno central en el caso argentino fue el de las olas de
migración europea, fenómeno que tuvo importante impacto en la sociedad argentina
y dotó de una importante dinámica económica y social en las zonas del litoral
donde se establecieron, principalmente, los migrantes. El migrante tiene una
importancia central en el desarrollo del proceso argentino, pues es el sector
que le imprimió la mayor dinámica al mismo.
Otro actor
importante en este caso es el del Partido denominado como la Unión Cívica, que
es el que surge como representante de las clases media; este partido, que
también tenía facciones, se dividió y
surge la Unión Cívica Radical.
Luego, también
sobre la base de una población fundamentalmente constituida por migrantes
europeos, surge el Partido Socialista, el mismo que accede al poder político
hacia 1919, marcando un hito en la historia argentina. El movimiento obrero
tuvo también esta característica de tener un origen en esa población migrante;
tan así, que los primeros movimientos sociales y jornadas de protesta
estuvieron iniciadas por obreros alemanes.
En el caso
argentino, la oligarquía se asienta en los sectores internos del país y ve en
la migración europea una situación de amenaza. Ahora bien, en el caso de
Argentina, no se presenta un proceso social tan marcado por componentes como
pueden ser los elementos raciales o étnicos, a diferencia de lo que sucede en
el Perú.
En el caso
peruano, se dio también esta migración europea, especialmente italiana, pero
también se promovió desde el Estado una migración desde el Asia. Ahora bien, en
el caso de nuestro país, tenemos que sí existió y existe un elemento marcado
esencialmente por factores de carácter racial, étnico y cultural. Si bien se ha señalado que la oligarquía excluyó también a esos migrantes
europeos, creo que esta “exclusión” fue de carácter menos agresiva, pues estos
grupos de inmigrantes pudieron insertarse con mayor facilidad que los sectores
mayoritarios conformados por poblaciones mestizas e indígenas a los grupos
reducidos que ejercían esta dominación. Así, por ejemplo, los migrantes
europeos impulsaron fuertemente ciertas actividades industriales, incluso en el
sur andino peruano, donde generaron un fuerte impacto en las economías locales
desde finales del siglo XIX (en el Cusco, por ejemplo, son famosas las
industrias textiles fundadas por migrantes italianos); el proceso por el cual
se insertaron en los grupos de poder fue, entonces, bastante menos costoso. Es
más, como aparece en la última edición de la revista Caretas, los migrantes
italianos pudieron incluso formar grupos orientados en la ideología fascista
liderada por Benito Mussolini, cuyo concepto ideológico tendría o podría tener
similitudes con el poder oligárquico, en la medida que su ejercicio está en
pocas manos, aunque con el concurso pasivo de las “mayorías”.
Impacto de la oligarquía en América Latina: un
análisis del presente
El fenómeno del
Estado oligárquico en América Latina ha marcado un periodo importante de la
historia regional y ha tenido mucha importancia en el desarrollo de nuestros
procesos históricos; ¿qué tan acertado es señalar que ese periodo ya se agotó
en la región o, por lo menos, en el Perú? Incluso hoy en países como Colombia,
Venezuela, Ecuador, se sigue sosteniendo que la oligarquía o las oligarquías
están vigentes. Hay que traer a colación que las cifras nos indican que este
subcontinente es la región con mayores niveles de desigualdad del mundo.
Entonces, esa es una muestra de que aun nos encontramos frente a realidades en
las que grupos reducidos tienen elevadísimas cuotas de poder económico,
político y social, frente a las grandes mayorías que son simples espectadores y
hasta víctimas de ese poder.
La violencia
política en el Perú se desarrolló bajo la premisa de que el Perú post reforma
agraria era el mismo al que antecedió a
ese proceso. Sin embargo, los procesos históricos vividos desde incluso antes
de 1968, como los procesos migratorios hacia Lima y las ciudades, cambiaron el
rostro del Perú de manera evidente. Éramos un país primordialmente rural; hoy,
somos un país fundamentalmente urbano. A pesar de ello, los niveles de
exclusión son muy marcados y nuevamente se puede apreciar que el poder
económico, político y social se encuentra en pocas manos y son excluidas las
grandes mayorías. Es más, si bien es cierto que en el caso peruano han ganado
las elecciones opciones que prometían el cambio, se han producido complejos
procesos por los que, finalmente, gobiernos “elegidos por la izquierda” han
“gobernado por la derecha”. Se vive un proceso de acumulación de tierras para
la agroexportación y, como a principios del siglo XX, nos encontramos en un
momento marcado por la consolidación de la inversión extranjera, especialmente
en sectores de actividades económicas extractivas y por tanto destinadas a la
exportación de materias primas.
En nuestros
países vecinos se vienen dando procesos también interesantes y que, de algún
modo, muestran aun el impacto del poder oligárquico. El caso de Colombia me
parece muy interesante, cuando asistimos al inicio de las conversaciones entre
el Gobierno (acusado de representar a las oligarquías de ese país) y la
guerrilla más antigua del continente (acusada de ser un cartel de la droga);
dicho conflicto parece haber llegado a un punto muerto en el que se hace más
evidente la necesidad de un proceso de paz negociado, pues la democratización
del país habría tenido importantes avances en cuanto a derechos individuales,
con lo que se reducen aspectos de exclusión o, por el contrario, se avanza en
políticas inclusivas, pero por otro lado se mantienen privilegios para unos
pocos que se muestran de manera muy marcada en las zonas rurales de ese país.
En el caso de
Bolivia tenemos que llegó al poder político el primer presidente indígena, lo
cual marca un hito sin lugar a dudas importante, por el empoderamiento de las
poblaciones excluidas. Sin embargo, no dejan de mostrarse serias
contradicciones en el interior del movimiento que respaldó a ese presidente. Es
cierto que se trata de un fenómeno muy marcado, que seguramente ha tenido
importantes logros en la democratización de la sociedad y de las relaciones
entre los diferentes grupos sociales, especialmente en la relación entre los
diferentes grupos étnicos que constituyen la sociedad boliviana, pero es claro
también que se encuentran latentes importantes sectores con cuotas de poder
económico y social, que empujan en un sentido más bien excluyente y que busca
“recuperar” los privilegios “perdidos”.
Me parece claro
que el impacto de las oligarquías en nuestro continente, aun hoy en pleno siglo
XXI, marca una huella que se muestra de manera clara en nuestras sociedades.
Por tanto, no estaría tan seguro, como Ansaldi parafraseando a García Marquez,
de si estos grupos tienen o no una segunda oportunidad sobre la tierra.
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