viernes, 8 de noviembre de 2019

La guerra, entre lo atroz y el amor

Lurgio Gavilán, autor de Carta al teniente SHOGÚN,es un sobreviviente de la guerra que asoló el Perú los últimos lustros del siglo XX, esa guerra maldita “que no elegimos, que hicieron para nosotros”. Y es, él mismo, una síntesis de esa historia compleja, aún por escribirse, pero indispensable para entender los encuentros y desencuentros, las heridas que cicatrizaron y las que siguen abiertas, en nuestro país. Su biografía es apasionante e intensa; fue un miembro raso de Sendero Luminoso, luego militar —incluso llegó a sargento— en el Ejército peruano, y también ingresó al clero. Una experiencia privilegiada, pues fue partícipe pleno en instituciones protagonistas de ese periodo de nuestra historia; escribe que “cuando me detengo a reflexionar sobre las instituciones que me tocó vivir, a veces no veo las fronteras y vivo como en la hora de pantaq-pantaq, porque esas instituciones antagónicas tienen un denominador común: la disciplina, la obediencia y la subordinaciónde sus agrupaciones que cimientan subjetividades y hacen ver cómo las ideas del mundo, ideas sobre ellos mismos y sobre los otros, se convierten, en última instancia, en cárceles de sus propios sinos” (subrayado mío).

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Destaca la suerte paradójica que encierra su vida: “la suerte me ha acompañado para traducir la época del terror. Pero esa suerte es también una carga pesada”. El libro bajo comentario es una larga epístola al militar que lo salvó, que le regaló la vida, es un testimonio de su gratitud hacia ese militar del que no supo más y al que busca todavía.

Gavilán nació en una familia campesina pobre pero emprendedora, atacada desde temprano por el infortunio. Uno de los hitos más trágicos es el de la muerte de Evarista, su madre, algunos años después de que migraran desde el pueblo altoandino en el que vivían hacia la selva ayacuchana; ella empezó a agonizar “después de una larga batalla contra una enfermedad irreconocible. El puesto de salud más cercano quedaba a tres días de camino. Todo estaba consumado”. ¿De qué enfermedad se trataba?, ¿quizá algún mal curable pero que por falta de acceso a servicios básicos de salud no pudo tratarse?, ¿cuántas personas, cuántos niños y niñas, siguen condenados en nuestro país a una vida azarosa, sin servicios de salud básicos? Frente a aquel episodio tristísimo, Gavilán concluye que la muerte “es fulminante, aunque uno se resista a aceptarla” y “todo acaba para empezar otra vez”, una suerte de postura nietzscheana de la vida y la muerte como un eterno retorno. Su padre, Francisco, se hundió en el alcoholismo y solo salió de él cuando se casó de nuevo, lo que fue otro hito trágico para la familia.

Con unos diez años de edad se enrola en las filas de Sendero Luminoso, con la seguridad de que luchaba por un futuro mejor para todos. ¿De qué huía el pequeño Gavilán aventurándose de ese modo en Sendero? Es la etapa de su vida como “niño pionero” o “guerrillerito”, en la que aprendió a ser soldado “en el camino”. Gavilán le cuenta a Shogún que los senderistas no eran esos monstruos “que ustedes creían. En los mejores tiempos llegamos a sumar unos cincuenta hombres en un pelotón de base vestidos con harapos, desnutridos por el hambre y los piojos”. No se trataba, entonces, de un ejército poderosamente armado, sino de un grupo de personas en la miseria. ¿Por qué se extendió tanto y duró muchos años la guerra iniciada por este grupo? La represalia por su decisión empezó por parte de sus vecinos, quienes hicieron un festín con el ganado de su padre; más allá de la mirada idílica de los Andes, el libro muestra descarnado los conflictos colectivos, personales en ese mundo hoy todavía ajeno para muchos e el Perú.

Luego de una emboscada de una patrulla del ejército, comandada por el teniente Shogún, que acaba con la vida de todos sus compañeros, aquel personaje, contrariando las órdenes superiores de “arrasar con todos los terrucos”, lo salva y lo enrola en el ejército, donde sirve en la misma guerra. Ese es un momento clave para Gavilán, pues vuelve a nacer, en verdad; él siente que Shogún le regaló la vida y dice que “nunca como ese día amé la vida cuando cesaron las balas”. Gavilán narra que en las alturas del Razuhuillca la columna guerrillera que integraba fue sorprendida por una patrulla del ejército. En ese momento ya su corazón “estaba sediento de balas. Quería que se acabara todo. Era un niño cansado. Mi corazón estaba seco por esta maldita revolución” (subrayado mío), prefería las balas “para que los soldados no me llevaran a torturarme, para que no me cortaran las manos, la lengua, para que no me arrancaran los dientes”. Y es que, en medio de esa guerra, lo normal habría sido “soltar las balas en el cuerpo del comunista para que desaparezca de la faz de la tierra, pero no fue así”. En esa ocasión, Gavilán perdió a Rosaura, la joven campesina con la que compartió esa aventura en la que “observamos de cerca la sonrisa de la muerte” y a quien le pregunta en retrospectiva, “¿por qué nos ofuscó tanto ese odio?”. Recuerda a esa chica con ternura erótica y tanática a la vez, como en un oxímoron: “mientras bebía tu fresca brisa de guerrillera, de niña criada en la pólvora”.

La gratitud de Gavilán hacia el teniente Shogún es notoria; y es que en verdad lo que le dio es la propia vida que debería habérsele quitado de acuerdo a las reglas de esa guerra terrible. Afirma y se interroga el autor diciendo: “Quizá entendiste que no se puede combatir la barbarie con otra barbarie, sino con el ejemplo. ¿El amor también derrota al enemigo?”. Tal vez la respuesta es afirmativa y quizá por ello Shogún y otros militares salvaban la vida de algunos miembros de Sendero, desvalidos niños o niñas, pobres y desnutridos, porque en el fragor de la guerra esos militares entendían que en verdad eran más bien víctimas de esa guerra descomunal y del propio sistema injusto que domina nuestro país. Eran la realidad de esa metáfora de vivir entre dos fuegos.

Gavilán concluye que “en ese contexto de guerra no importaban mucho los mandatos, sino el sentido común, la agencia propia del soldado de salvar vidas, matar o descuartizar vidas para dejar sin manos, sin el corazón a los enemigos. Porque si tienes un enemigo al frente y no disparas, te disparan […] ¿Qué tipo de humanos se contemplan en una guerra?”. Por tanto, en esos momentos de tanta violencia, actitudes como la de Shogun muestra una opción ética elevada, una ruptura, al menos temporal pero radical, de las reglas fácticas que rigen una guerra y que orienta la conducta de sus actores.

Después de su paso por el ejército, ingresa al clero, se hace monje franciscano. Sobre este episodio no hay mayores datos en este libro, a diferencia del anterior, Memorias de un soldado desconocido.

En tanto protagonista de la guerra en ambos bandos beligerantes, su narración es privilegiada pues conoce la guerra desde su interior, y nos la presenta a partir de sus recuerdos, sus dolores, sus sueños y pesadillas, sus alegrías, sus esperanzas, de la realidad de la muerte acechando permanentemente a la vida. Su epístola también demanda a la sociedad peruana por su incapacidad de resolver los problemas estructurales que permitieron, si no ocasionaron, la brutal violencia de aquel tiempo. Es categórica su conclusión:“Somos los soldados de una confrontación que pudo evitarse si el Perú no tuviera tantas separaciones y brechas”; pero el Perú sigue hoy incluso fracturado dramáticamente; se trata de un país en el que se niega la ciudadanía a las grandes mayorías; la guerra, aunque haya sido brutal, no nos enseñó lo fundamental, es decir, la imperiosa necesidad de resolver las inequidades sociales, la discriminación, el enriquecimiento desmedido de unos en relación inversamente proporcional del empobrecimiento de muchos. Gavilán se cuestiona: “Esa experiencia deshumanizante nos debería hacer pensar en la historia reciente del Perú y en los duros procesos que afrontamos. ¿Por qué no podemos reconocer al otro como igual a nosotros, con las mismas preocupaciones o derechos?”. Problemas reales que siguen discurriendo de manera subterránea, negados por el Perú oficial.

La lógica de la guerra no puede comprenderse con criterios prescritos desde la comodidad y la ajenitud de la paz; esto no quiere decir que deba justificarse las atrocidades cometidas. Hay que entender que eran tiempos de guerra. En nuestro país casi todos éramos enemigos. Y la vida habitaba en cuerpos llenos de incertidumbre y sospechaEl pensamiento Gonzalo y la represión de las fuerzas del orden habían hecho brotar, como inmensas espinas, los odios y rencores sembrados en la vida cotidiana de los peruanos por décadas, hasta formar un río de sangre. Pero esta gente de los pueblos, aplastada por tanta insania, no se doblegó. Han resistido a través de la fuerza, de trabajar huklla, antigua herencia de labor, música, danza y estado de júbilo” (subrayado mío). Y se pregunta: “¿Una guerra deshumaniza a sus protagonistas, los capacita para la brutalidad? ¿Una guerra es el recurso cultural para saber el peso de un poder sobre otro que lo quiere relevar?”. Gavilán mira con esperanza los resquicios por los que se introducen el amor, la ternura, el ánimo festivo, en la vida, incluso en momentos de guerras cruentas. Tal vez porque, a pesar de todo, en la naturaleza, la vida surge y resurge.

Los procesos bélicos son quiebres en la convivencia de una sociedad; la violencia se apodera de todas las relaciones interindividuales o colectivas. Han pasado dos décadas desde que esa guerra terminó y, aparte del Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, aún es muy difícil encontrar un balance más o menos objetivo de lo que sucedió y de las causas que dieron lugar a esa violencia. Los balances que proliferan son los que se han hecho desde posiciones de quienes no participaron en esa la guerra. El libro de Antonio Zapata sobre la guerra senderista es quizá una excepción, pues reconstruye la historia a partir de la voz de sus protagonistas. En el caso de Gavilán, la historia que nos cuenta, parte de su propia biografía, constituye la voz de los actores protagónicos de esa guerra y nos permite apreciarlos en su humanidad, no desde la perspectiva de lo políticamente correcto, sino desde la perspectiva de quienes estuvieron inmersos en esa conflagración que arrasó con poblaciones enteras.

Gavilán lo explica de manera clara e intensa: “[…] Sendero Luminoso desató una espiral de violencia terrible, pero ¿quiénes fueron esos incipientes guerrilleros? Los actores que iniciaron el conflicto no fueron el otro que vino de lejos, sino que estaba a la vuelta de la esquina, en el propio sistema del Estado. Fuimos nosotros mismos que escuchamos aletear en nuestro interior esa idea de igualdad, esa promesa de una sociedad donde nadie sea más que nadie. ¿Eso es terrorismo? Quizá dejándolos de satanizar podremos ver nuestro propio yo desnudo. Así podremos entender que el nuestro es un país con los huesos calcinados, con los ojos torturados, con las manos clavadas en una cruz” (subrayado mío).

A partir de lo que afirma Gavilán, cabe preguntarse si como país estamos preparados para mirarnos en esa desnudez al espejo, o si preferimos dar rienda suelta a una imaginación edulcorada al mirarnos.

jueves, 24 de octubre de 2019

La reforma agraria humanizada



Rara avis, en el Perú, la exhibición, en tan corto tiempo y en varias salas, de películas con un mensaje contrario alestablecimientoy al pensamiento único que nos imponen, machaconamente, los medios de comunicación y el discurso político y social neoliberal. Y asombrosa la acogida que han tenido en el público, al menos en Lima. Se trata de El viaje de Javier Heraud, documental de Javier Corcuera, La pasión de Javier, película de Eduardo Guillot, y La revolución y la tierra, documental de Gonzalo Benavente.


Las secuelas de la guerra vivida entre 1980 y el año 2000, además de la profunda crisis económica que vivimos en esos tiempos, han marcado a la sociedad peruana a tal nivel que se ha instalado en el imaginario social una aversión casi absoluta a todo aquello que esté relacionado con “socialismo” y, peor aún, con “comunismo”. Por tanto, el desarrollo de una línea de pensamiento o de una estética a ese lado del espectro político implica un camino, si no imposible, cuesta arriba, sumamente pronunciado.

Llama la atención, por tanto, la acogida que han tenido estos filmes. Escribiré, más adelante, en relación con las dos películas sobre la vida de Javier Heraud. Hoy me dedico a trazar algunas ideas, compartir algunas emociones que me suscitó La revolución y la tierra.

La película la vi en una sala en el centro comercial San Miguel. Día miércoles, sala llena. Y leo que ha sido así en otras salas también, incluso el día en que jugó la selección peruana. Tatiana me sugiere que quizá ese hecho traumático de nuestra historia suscita una curiosidad mayúscula en todos los sectores de nuestra sociedad; sea los que se beneficiaron de ella, sea los que resultaron perjudicados o incluso aquellos sectores en los que no tuvo mayor incidencia. ¿La atracción de lo prohibido, de lo que por décadas permaneció oculto?, ¿la saturación con un discurso monocorde e imperante?

El filme tiene gran calidad fotográfica. Se mezclan imágenes antiguas con otras modernas y actuales; esas imágenes son un viaje en el tiempo y calan vívidas los recuerdos, lo que nos contaron, lo que ignoramos. El hilo conductor de la historia que pretende contarnos Benavente resulta bastante persuasivo, coherente y estructurado; aunque se trata de contar una historia vasta y compleja, el resultado final es esclarecedor frente al tabú —cargado de diatribas— que se tejió en torno a Velasco; se nos permite un acercamiento al ser humano, más allá del personaje idílico o demoníaco. Además, el manejo del sonido es destacable, especialmente las piezas musicales elegidas, varias de ellas de un rock fuerte y explosivo, compuesto por jóvenes de esa época.

Con adecuado criterio, la investigación nos presenta, en primer lugar, el contexto político, económico y social en el que se vivía en el Perú (y en América Latina) desde, por lo menos, mediados del siglo XX; la paradoja, en el caso del Perú, de una sociedad nacida de la independencia, pero en la que la mayoría de los habitantes del Perú —andinos o de ascendencia andina— vivían en una situación de miseria y de servidumbre (una esclavitud a penas disimulada), quizá incluso peor a la que se vivió en la época colonial. Habría sido durante la república que muchos latifundistas se apropiaron de tierras extensas y a costa del campesino al que le fueron arrebatadas. ¿Apropiación original?

El latifundista y/o gamonal pasó a ser propietario de esas tierras y, por tanto, quienes las habitaban eran simplemente posesionarios, que tenían que trabajar las tierras del “dueño” y este, magnánimo, les otorgaba, en compensación, una pequeña extensión de tierras para su subsistencia. La evidente injusticia de este sistema casi feudal entró en crisis y los campesinos empezaron a organizarse para exigir la devolución de sus tierras ancestrales (proceso de “recuperación”) e, incluso, en algunos casos, procedieron a ocuparlas, parcialmente al menos, de manera directa.

En segundo lugar, se nos presenta un esbozo del contexto internacional, que resulta también importante. El comunismo como sistema antagonista del capitalismo había avanzado. Muy cerca, en Cuba, en enero de 1959, había triunfado la revolución cubana y se procedió a implementar la reforma agraria, aun a costa de propietarios estadounidenses. La experiencia exitosa del Movimiento guerrillero 26 de julioprendió rápidamente y amenazó al establecimiento regional; esto dio lugar a que las élites políticas y económicas temieran que el riesgo de que movimientos similares al cubano triunfaran en otros países era inminente si se mantenían las inequidades y desigualdades que se vivían en ese momento; por tanto, existía un consenso en la necesidad de sacrificar algunos privilegios para una mejor redistribución de la riqueza. Por tanto, con JF Kennedy se buscó promover algunas medidas que redujeran las brechas de desigualdad y aminorando el riesgo de estallidos sociales; es locuaz la escena en la que su mujer, Jacqueline Kennedy, en un español masticado, pronuncia un discurso con un tono evidentemente “socializante”. 

En esa línea está Fernando Graña, dueño de la Hacienda Huando, quien manifiesta que la élite, la clase alta peruana, debe implementar de manera ordenada una reforma agraria, para evitar sobresaltos mayores y, por tanto, para mantener el statu quo. Una breve digresión, Vargas Llosa en una entrevista reciente afirma que “La reforma agraria era una necesidad en el Perú sin ninguna duda, había que acabar con el latifundio”, aunque tilda la reforma implementada por Velasco como desastrosa.

Estamos en 1963 y gana las elecciones Belaúnde Terry, quien —acorralado por la oposición destructiva de la alianza entre la Unión Nacional Odriísta y el Apra— aunque convencido de la necesidad de implementar la reforma agraria, lo hace, pero de manera tan tímida que la olla de presión termina estallando, concluyendo con el golpe militar a cargo del protagonista del documental, el general Juan Velasco Alvarado, piurano y criollo él, de origen popular pero ajeno a lo andino.

Las voces que nos narran la historia son múltiples y diversas y, justo por ello, el mosaico final es complejo e incierto. Nelson Manrique nos plantea que la reforma agraria significó arrebatarle a Sendero Luminoso el terreno fértil en que podría haberse desarrollado; Hugo Neyra, enfático, concluye que, si no se hubiera dado esta, la guerra la habría ganado Sendero Luminoso, pues habrían podido legitimar su discurso frente a millones de campesinos. Sin embargo, hay una señora de familia terrateniente que manifiesta que el Perú retrocedió mucho con la reforma; a propósito, un dato que me llamó poderosamente la atención es que de los bonos de la reforma agraria se cumplió con el pago de la mayor parte (más del 80%), aunque, claro está, en esto también se privilegió el pago a favor de ciertos grupos de poder. ¿Quiénes han quedado en la condición de impagos? Esto merecería estudiarse a fin de que no se dilapiden los escasos recursos públicos.

Desde una orilla distinta y actual, una joven politóloga nos dice que ella pudo estudiar en la Universidad gracias a la reforma agraria, pues sino habría seguido la historia servil de sus antepasados. Un joven sociólogo manifiesta que es justo que los hijos de los que fueron los “pongos” se sientan orgullosos de lo que han logrado hoy, gracias a que son independientes y ya no siervos. Un viejo campesino, con orgullo, manifiesta que ya no hay hacendados y que hoy ellos son independientes. Pero también está el señor que trabajó en Huando, con los Graña, y habla con profunda nostalgia de esas épocas, de las que narra los lujos en que vivían, pero también las condiciones de vida favorables que permitían a sus trabajadores; un mayordomo nostálgico de las épocas de bonanza de los patrones. ¿Qué posición es la que hoy predomina a nivel social?, ¿el punto de vista del hombre independiente o la del nostálgico mayordomo?

Carlos León cuenta que entrevistó al hijo de Velasco y este le dijo que el general lloró frente a él, pues podía entender que gente a la que había perjudicado con sus reformas lo odiara, lo que no entendía es que la gente que había beneficiado no lo hubiera defendido. Y a pesar de ello, el funeral de Velasco tuvo una asistencia multitudinaria.

La mayor virtud del documental es que coloca en el escenario del debate público el impacto de las medidas de Velasco en el Perú para un balance, ya no del pasado sino de las perspectivas hacia el futuro. ¿Seremos capaces como sociedad de hacer una evaluación de ese hito histórico?, ¿será posible restañar las heridas que aún subsisten?

jueves, 8 de junio de 2017

Sobre "Las cosas que no nos dijimos"

                                                                                        A Adriana Latorre Boza, con cariño y gratitud

Mi hermana, Adriana, me regaló la novela de Marc Levy, titulada "Las cosas que no nos dijimos". Se trata de una novela ligera, pero con un mensaje cautivante y hasta pedagógico. Muy al estilo de los gringos (aunque el autor es francés), el final es feliz, pese a toda la trama de enredos y situaciones que vive la protagonista. Finalmente, el universo entero conspira para darle la felicidad.




Es la historia de Julia Walsh, cuyo padre, Anthony, muere o simula su muerte, más bien el día previsto para su matrimonio con Adam, un escritor exitoso y hombre con muchas cualidades, pero del que parece no estar enamorada apasionadamente. Frente a ese escenario aparentemente estable, Stanley, su mejor amigo, homosexual él, conociéndola tanto, le dice "que preferiría ver en tu vida a un hombre que te arrastrara con él, aunque tuviera mil defectos, que a uno que te retiene a su lado sólo porque posee ciertas cualidades" (p. 34). Parece que ambos personajes quieren ayudar, de maneras distintas, a que Julia no se case con Adam, pues ella estuvo muy enamorada de un alemán, Tomas, aunque su relación con él fue cortada abruptamente por Anthony, en un arrebato.

Días después, su padre reaparece en la forma de un "robot" de alta tecnología, que conserva la memoria del reciente difunto por un período de seis días, tiempo después del cual, se agotará su batería y se apagará para siempre. Ese robot tiene como objetivo el recuperar el tiempo que perdieron padre e hija con la distancia que se abrió entre ellos, por los resentimientos y quizá sus propias contrariedades existenciales. Pero, al mismo tiempo, quiere lograr que Julia se atreva a mirar con verdad su vida; incluso, lo que le pide su padre al final es que le prometa que será feliz; es decir, la felicidad como una decisión personal. Una situación mágica, casi milagrosa, por la que la vida le da una segunda oportunidad, para poder reconciliarse con el recuerdo de su padre, con la memoria de su familia y, fundamentalmente, consigo misma.

Julia empieza a encontrarse con recuerdos de su infancia, como cuando su padre le traía "de cada escala el objeto único que relataría parte del viaje realizado" (p. 20). Sin embargo, aflora también esa gama de recuerdos que le generaron odio hacia el hombre de negocios que fue su padre, como cuando la asaltan los recuerdos al ver a una madre maltratando a su hija y concluye que "las niñas no son como peluches, ¡no se les pueden coser con aguja e hilo las heridas que se les hacen!" (p. 30).

Al verse frente a la oportunidad extraña que le daba la vida de intentar un acercamiento con la memoria de su padre, Julia siente que "La grieta que los años habían cavado ya no podía colmarse, y mucho menos con un duplicado" (p. 47). Sin embargo, el "duplicado" le dice que "Sólo es demasiado tarde cuando las cosas son definitivas" (p. 85). Y entonces, sorprendida se da cuenta que llegó por fin el momento en que "por primera vez, añoró su infancia, pese al infausto recuerdo que de ella guardaba" (p. 179). Y su padre —o su duplicado— le dice que "La memoria es una artista extraña, redibuja los colores de la vida, borra lo mediocre y sólo conserva los trazos más hermosos, las curvas más conmovedoras". Ese tipo de memoria, que Gabriel García Márquez también destacaba, creo que es un atributo selecto, más que una característica general de todas las personas.

Esta novela, en su sencillez, nos muestra la trama de la Vida, que "pasa a una velocidad de vértigo", pero que nos deja marcas dolorosas, especialmente en la infancia y la adolescencia. Recuperarnos de eso es una tarea quizá colosal, pero necesaria, y todos la acometemos, armados de manera diferente, injustamente diferente, y vamos logrando algunas pequeñas victorias, frente a las derrotas que se muestran como implacables. En esta novela se defiende el concepto de familia, pese a todas las falencias de ese círculo vital; por ello, es importante ser consciente de la familia que nos da origen. Como Anthony afirma, "Uno avanza a duras penas en la vida cuando no sabe de dónde viene" (p. 86).

Julia sufrió la pérdida de su madre, primero a causa del Alzheimer, una primera muerte que nos arrebata la memoria, hasta que la muerte física termina con el trabajo dejado a medias. La distancia con su padre tejió un misterio respecto a la relación de este con la madre. Pero Anthony le explica que "Conquistar a tu madre, amarla, tener una hija suya, habrán sido las elecciones más importantes de mi vida, las más hermosas, aunque haya necesitado muchísimo tiempo para encontrar las palabras adecuadas para decírtelo" (p. 333). Quizá saber esto, aunque fuera tarde, ayuda a Julia a entender que fue producto de una relación de amor y ella misma fue la hija amada.

El amor de los padres hacia los hijos es quizá el menos comprendido, pues no se acaba cuando estos cobran independencia para vivir. Más bien, quizá esa independencia, esa distancia es la primera herida que la guadaña de la muerte nos profiere en la vida. Nos hiere de muerte, pero levemente aún. Anthony le enseña a Julia de ello: "¿sabes cómo se sufre el día en que los hijos se van? ¿Te has imaginado siquiera el sabor de esa ruptura? Voy a decirte lo que ocurre, uno está ahí como un idiota en la puerta mirándoos marchar, convenciéndose de que tiene que alegrarse de esa partida necesaria, amar la despreocupación que os empuja y a nosotros nos desposee de nuestra propia carne. Una vez cerrada la puerta hay que volver a aprenderlo todo; volver a aprender a amueblar las habitaciones vacías, a no acechar ya más el ruido de vuestros pasos, a olvidar esos crujidos tranquilizadores en la escalera cuando volvíais tarde por la noche, y uno se dormía por fin tranquilo, mientras que ahora tiene que tratar de conciliar el sueño, en vano, puesto que ya no volveréis" (p. 291).

Normalmente, nuestro refugio emocional frente a las inclemencias de la vida, frente a las derrotas que nos acorralan, es culpar de todo ello al pasado, a nuestros padres. Pero este recurso solo es la postergación del reconocimiento central, por el que entenderemos que la vida es nuestra propia obra, con las herramientas que tengamos, con las cualidades que tengamos. Nuevamente, Anthony enseña a Julia que "uno puede echarle la culpa de todo a su infancia, culpar indefinidamente a sus padres de todos los males que padece, de las pruebas a las que lo somete la vida, de sus debilidades, de sus cobardías, pero a fin de cuentas es responsable de su propia existencia; uno se convierte en quien decide ser. Además tiene que aprender a relativizar tus dramas, siempre hay una familia peor que la propia" (p. 334). Esto último es un recurso de extremo, por el que deberíamos entender que nuestra historia no es necesariamente la peor, la más triste. Pero de manera clara, madurar es aceptar que uno es lo que es por las propias decisiones, por sus propias capacidades, independientemente de lo que sus padres pudieran haberle hecho.

Y en la vida se presentan momentos en los que es posible dar un quiebre para crecer, para mejorar, "cuando se le presta atención, la vida nos ofrece señales asombrosas" (p. 334). Es simplemente necesario atreverse a saltar, a dar el paso.

Finalmente, como una reflexión para la vida adulta, Stanley le dice a Julia que "Lo que más daño hace en el amor es la cobardía" (p. 323).

martes, 21 de junio de 2016

El largo día (la semana) siguiente

Este artículo se publicó originalmente en el portal web Parthenon.

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No recuerdo proceso electoral más reñido que el de este domingo 5 de junio de 2016. Pensé escribir este artículo el día Lunes inmediato siguiente. No he podido, pues aun siendo jueves, los resultados no se conocían de manera certera. Situación curiosa, pues las dos opciones en pugna son políticamente de derecha y comparten una concepción (neo)liberal; es más, el candidato de Peruanos por el Kambio (PPK), el año 2011, dio su apoyo a la candidata de Fuerza Popular (FP) que ahora le tocó confrontar.

Lo que da un cierto matiz a esas dos ramas de la derecha es que, hasta donde puede apreciarse, el apoyo democrático de la candidata de la izquierda, Verónika Mendoza, fue fundamental para la victoria de PPK. Tan así que Mario Vargas Llosa (http://goo.gl/jWjWLm) se ha visto en la obligación de reconocer esto: “el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable –algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú– salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas”.

Hay que decir, además, que la movilización liderada por el colectivo No a Keiko, organización juvenil con una férrea posición contraria al fujimorismo, enseñó, con dos marchas multitudinarias a nivel nacional, que a veces la construcción del futuro se sostiene en una negación principista, en un odio sanador; el no puede ser, paradójicamente, positivo cuando de la defensa de valores de una sociedad y la resistencia al olvido se hacen indispensables.

Sin embargo, siendo ya el(los) día(s) siguiente(s), creo que se requiere empezar a trabajar en la agenda del futuro de estos cinco años difíciles que nos tocan como país con rumbo al bicentenario de la independencia. En buena cuenta, en una democracia representativa —sistema que hemos elegido para el Perú—, los votos de la mayoría o de las mayorías son los que cuentan de manera fundamental; eso, aunque esa decisión no nos guste tiene que respetarse, con la condición de que los gobernantes también respeten la voluntad popular y las reglas de juego democráticas.

La derecha política va a gobernar, pues ha merecido el voto mayoritario de la población. Esto significa que estos cinco próximos años esa derecha contará con mayoría parlamentaria y será, además, la encargada de la administración gubernamental. Más allá de sus diferencias, conforme a la lectura que esos sectores políticos hacen de estos resultados, la mayor parte de nuestra población habría votado por mantener el modelo económico. Ya lo ha planteado con claridad brutal Carlos Bruce (http://goo.gl/1MXA18), quien dijo que “Con el fujimorismo va a ser más fácil [ponerse de acuerdo], y esperamos que sea más fácil, porque compartimos el mismo punto de vista en ese sentido”. Claro está que el fujimorismo muestra una posición recalcitrante y que indica que los acuerdos a los que lleguen con el gobierno no serán resultado de negociaciones muy sencillas; el panorama político muestra cierto nivel de conflictividad. Sin embargo, se puede ver que todos los recursos y voceros del modelo económico lo defiendes, a pesar de sus contradicciones internas; estos cinco años, la derecha política tendrá la oportunidad de mostrar, más allá del discurso gerencial y tecnocrático que maneja, si es una mejor y eficiente administradora del gobierno y del Estado en general.

Por su parte, la izquierda tiene la posibilidad de constituirse en una verdadera alternativa de gobierno, no de simple oposición permanente, con miras al 2021; por ello, en estos cinco años, como señala Marisa Glave (http://goo.gl/Zz7BhZ), toca al Frente Amplio “mantener un trabajo sólido en la bancada [parlamentaria], para que esta sea capaz de colocar temas en la agenda, generar consensos y que sea, al mismo tiempo, una oposición vigilante y fiscalizadora. Vigilaremos el uso de los recursos del Estado”.

 

El modelo económico: ¿la paz de los muertos?

Al mismo tiempo, desde otra perspectiva, los resultados electorales muestran que el modelo económico y político está cuestionado y, por lo menos, una cuarta parte del electorado nacional, con especial énfasis en el sur andino, además de Cajamarca, viene votando en los últimos procesos electorales de manera consecutiva —y congruente— demandando cambios profundos en la orientación económica, social y política del país, requiriendo una diversificación productiva, que quiebre el centralismo económico de las actividades extractivas, que ahoga a las regiones, especialmente las del sur y las del oriente. Es más, incluso en el caso de las regiones donde el voto mayoritario fue por el fujimorismo, el mensaje que se recogería de este (en palabras de Pablo Quintanilla) es una demanda de mayor presencia del Estado (según dicho filósofo, el fujimorismo llegó a todo el país, especialmente lugares muy alejados, con dádivas que le dieron un contenido real a la presencia del Estado).

Ahora bien, la polarización de estas elecciones ha sido mayor incluso a las del 2011 y 2006 y se han dado explicaciones simplistas —y muy agresivas— desde ambos lados del espectro político. Así, por ejemplo, la subida meteórica de la izquierda liderada por Verónika Mendoza fue explicada como producto del “resentimiento” o del voto irracional del “electarado”, especialmente del sur del país. Por su parte, el sólido apoyo al fujimorismo fue explicado desde la vertiente más de izquierda como producto de la “permisividad” con la corrupción o la “falta de educación” del electorado de esas regiones o estratos sociales.

Como puede apreciarse, desde ambas posiciones se ataca el punto de vista de esas “mayorías” del electorado, cuestionándolas por su “incapacidad” o su “falta de educación”. ¿Somos así una democracia?, ¿goza de legitimidad entre nosotros este sistema?, ¿respetamos la democracia?

Como decía en su momento Karl Popper (http://goo.gl/Ut9DzV), “Desde Platón hasta Karl Marx, y aún después, el problema fundamental ha sido siempre el siguiente: ¿quién debe gobernar un Estado?”. En la democracia, la respuesta general —y falaz, según él mismo— es “el pueblo”. Ahora bien, el mismo Popper señala que la pregunta fundamental a plantearse es ahora “¿cómo tiene que estar constituido el Estado para que los malos gobernantes puedan ser derrocados sin violencia y sin derramamiento de sangre?”. De acuerdo a este pensador liberal, la democracia es lo mejor que se tiene para lograr este último fin. Es decir, lograr que los ciudadanos podamos generar cambios pacíficos y profundos, algo diametralmente opuesto a la paz de los cementerios.

Si bien lo planteado por Popper está pensado más para las democracias bipardistas típicas de los países anglosajones, resulta interesante este concepto que nos permite pensar nuestro país y su democracia desde una perspectiva distinta, toda vez que el “pueblo” castigaría a sus malos gobernantes, más que derrocándolos pacíficamente, impidiendo su retorno al gobierno. Tal es el caso de Alejandro Toledo, de Alan García (en su búsqueda de un tercer mandato) y, recientemente, del fujimorismo, al que el electorado ha impedido volver al gobierno, a pesar de que lo “premió” con una arrolladora mayoría parlamentaria.

Estos resultados son interesantes y deben ser analizados e intentar así comprender un fenómeno electoral tan complejo e imprevisible como el peruano.

 

Las elecciones peruanas en cifras

Respecto a la primera vuelta de las elecciones generales del 2016 podemos señalar las siguientes cifras. Solamente el 81,80% de electores hábiles participaron en las elecciones, con lo que hubo un ausentismo del 18,20%, casi una quinta parte de los ciudadanos con derecho a voto en el Perú, debiendo considerar, además, que el voto es un derecho que debe ejercerse de manera obligatoria. De los electores que participaron en las elecciones, votaron en blanco o viciaron su voto un total de 18,12% de los electores. Por tanto, el 36,32% de electores en el Perú decidieron, de una forma u otra, no apoyar ninguna de las opciones que participaron del proceso electoral. Cabe preguntarse aquí si esta actitud puede interpretarse como un descontento con la democracia o, incluso, una abierta contrariedad con ella. La crisis de las democracias es un fenómeno global y ya Noam Chomsky (http://goo.gl/MJ73lK), lo ha explicado afirmando que está cayendo “el apoyo a las democracias formales porque no son verdaderas democracias. En Europa, las decisiones se toman en Bruselas. En EEUU, alrededor del 70% de la población —el 70% con ingresos más bajos—- está totalmente desvinculado del proceso político. Eso demuestra que hay una correlación enorme entre nivel económico y educativo y movilización política. No es de extrañar que a la gente no le entusiasme la democracia”. Sin embargo, lo peculiar en nuestro caso, es que esas mayorías (sectores sociales excluidos en el Perú y calificadas despectivamente como “ignorantes”) son justamente las que han generado, con su dinamismo, estos resultados abiertamente contrapuestos, mientras las élites políticas, económicas y sociales, apuestan por el inmovilismo en defensa exclusivamente de sus intereses.

Lo cierto es que los resultados electorales obedecen a la voluntad de solamente el 63,68% de los electores. Cómo piensan los no representados aquí es una interrogante que no pretendo responder, pero que resulta fundamental explorar. Dicho en términos más numéricos, del total de electores peruanos (22 901 954), los votos que se consideraron para la primera vuelta fueron de solamente 15 340 143 electores. De ellos, 6 115 073 ciudadanos (39,86%) dieron su voto a favor de Fuerza Popular; 3 228 661 (21,05%), a favor de Peruanos por el Kambio; y, 2 874 940 (18,74%), a favor del Frente Amplio. Destaco aquí el concepto de ciudadanos y las facultades implícitas a estos de elegir a sus representantes. Un cuestionamiento para con los votantes de Fuerza Popular es que eran, estadísticamente, los que menor nivel educativo tenían. Y a este cuestionamiento se le dio cabida incluso en sectores de izquierda, lo que resulta como un boomerang, toda vez que seguramente si se analiza ese mismo aspecto respecto a los votantes del sur del país que le dieron tan importante representación al Frente Amplio con miras al parlamento 2016-2021, serían también personas con niveles educativos formales menores a los que apoyaron otras opciones. Ahora bien, los electores que apoyaron a PPK serían los de mayor nivel educativo, aunque, en el caso de que se hubiera dado una segunda vuelta entre Fuerza Popular y el Frente Amplio, habrían votado indudable y mayoritariamente, por la primera, bajo el argumento de que tenía que resguardarse el sistema de modelos intervencionistas o de izquierda estatista. ¿Marca el nivel educativo, entonces, una conducta progresista o democrática?

Estos resultados son consecuencia directa del sistema democrático que tenemos y, por tanto, merecen una mirada respetuosa hacia los electores. Es decir, no podemos atribuir a los electores, automáticamente, los defectos o virtudes de los líderes y cúpulas de las organizaciones políticas en pugna; quizá se trata, en efecto, de nuestra propia psicología social. Como dice Francisco Miró Quesada Rada (http://goo.gl/eSqJtB), “El cerebro político de los peruanos está partido en dos. Un lado es autoritario, el otro es democrático. Seamos de izquierda o de derecha, tenemos una pugna entre los dos lados y espero que a las finales gane el cerebro democrático”.

Ahora bien, en la segunda vuelta recientemente celebrada, participaron 18 276 818 electores, con lo que hubo un ausentismo de 19,848% (algo de un punto más que en la primera vuelta). En este caso, al 99,561% de actas contabilizadas, la ONPE informa que PPK obtuvo 8 564 472 (50,115%) votos válidos y Fuerza Popular, 8 530 271 (49,885%). Una diferencia de solo 34 201 votos.

La estrechez de la diferencia de los votos de apoyo a cada una de las candidaturas, más allá del apasionamiento propio del proceso electoral, debe leerse con mucha atención.

 

¿Uno, dos, muchos Perú?

Los resultados electorales pueden apreciarse desde la vertiente antifujimorista, por lo que las preguntas que podrían formularse serían: ¿la mitad del Perú apoya la política del “roba pero hace obra” o, peor aun, “mata pero hace obra”?, ¿la mitad de nuestros compatriotas apoyan la corrupción y el saqueo de los recursos públicos a cambio de una cierta estabilidad económica?

Si apreciamos los resultados desde la perspectiva de la derecha y nos centramos en el voto del sur andino del Perú, podrían formularse las siguientes preguntas: ¿la mitad del Perú quiere generar una implosión del sistema económico, afectando la estabilidad que se ha logrado?, ¿son los electores verdaderos suicidas que buscan opciones estatistas fracasadas y reniegan de un sistema económico eficiente?, ¿muestran el resentimiento social y racial de esos sectores?

Creo que estas elecciones nos dejan como mensaje central el hastío de la gente con la política y la falta de soluciones a los problemas cotidianos de la gente. Es decir, la gente reniega de la verborrea política, aquella que no plantea y menos desarrolla propuestas de solución eficaces a los problemas del país. Las veces que he podido pernoctar en la isla de Amantani, en el Lago Titicaca, me quedé sorprendido de que son verdaderas islas naturales y habitadas. Y me sorprendió mucho, la primera vez que estuve allá, que sus habitantes contaran en sus domicilios con energía solar. La respuesta que obtuve cuando pregunté cómo así era posible, fue unánime: el ingeniero Fujimori. Vuelvo a Pablo Quintanilla: el ex presidente es percibido en muchos casos como una suerte de Robin Hood, toda vez que llegaba a lugares inhóspitos y dejaba una señal de esa presencia; no importa, en el imaginario social, si esas “obras” son solamente dádivas en comparación de los 6 mil millones de dólares que desaparecieron por la corrupción de su gobierno. Y es que el Estado es percibido no solo como ausente, sino como un ente opresor que restringe la libertad de la gente, con un aparato represivo, o que la exprime económicamente. Por tanto, si el Estado llega y no con las manos vacías, ese es un quiebre en lo que normalmente espera la gente. Es decir, si el Estado llega normalmente personificado en la policía, en un juez, en la SUNAT, pero nunca para defender a las personas, entonces basta que esta regla se quiebre una vez para que esto perdure en el recuerdo de la población. Como escribe Santiago Pedraglio (http://goo.gl/OdXozm), “’¿Por qué votaste por Keiko Fujimori?, le pregunté a un amigo al que no veía en cierto tiempo. ‘Porque estoy agradecido por la luz y el agua que puso en mi pueblo. Además, nos ayudó con tractores y maquinaria’, me respondió”. Comprender esa lógica realista permitirá “entender y no satanizar a quienes votaron por [Keiko Fujimori]". Desde otra perspectiva, Paulo Drinot (http://goo.gl/L58kBK) dice que el gran reto para las ciencias sociales “es entender el fujimorismo. No hemos hecho el esfuerzo de estudiarlo y es un gran error porque no hemos podido explicar el fenómeno en estas elecciones y en el transcurso de los últimos 20 años. Está claro que el modelo del clientelismo tradicional no es suficiente para generar ese voto”.

Por tanto, las consideraciones de la gente al ejercer su derecho al voto no pueden calificarse de manera simplista, más aun en un contexto en el que la democracia es cuestionada por su ineficacia para lograr soluciones efectivas para los problemas de la gente. De ahí que resulte esencial que la izquierda, más allá de ejercer un rol de oposición, replantee su postura para hacerse el vigía, el centinela que exija al gobierno de PPK el cumplimiento de los acuerdos que celebró para lograr el apoyo de organizaciones y movimientos sociales. Esto sin perder de vista la necesidad de consolidarse como organización política moderna para lograr ser una alternativa de gobierno real, máxime cuando, siguiendo a Gramsci, debería entender que democracia implica también la necesidad de reflexionar a partir de la realidad social concreta (la nuestra), de las propias conductas de nuestra sociedad y los diversos grupos que la conforman, para construir —desde esa realidad— nuevas posibilidades para el ser humano.

miércoles, 13 de abril de 2016

Un primer balance luego de las elecciones del 10 de abril de 2016

La democracia es esto, en efecto. Y hay que aceptar los resultados. Nos gusten o no. A mí esta vez los resultados me parecen deplorables; han ganado las propuestas más conservadoras, en lo económico, pero también en lo político. Se ha vuelto a imponer la criollada —la ley del más vivo— tan dañina para el país. Explicaciones seguramente habrán muchas. Ensayo la mía.
 
Los sectores populares a nivel nacional, especialmente en las zonas más pobres del Perú, sufrieron una frustración con la oferta de la gran transformación del nacionalismo. Su desconfianza hacia esas propuestas es hoy mayor.
 
Keiko Fujimori —y el fujimorismo— no perdió el tiempo y se dedicó a trabajar políticamente, desde el 2011, cinco años intensos de presencia permanente a lo largo del territorio nacional (para ello ha tenido ingentes recursos de origen, por lo menos, dudoso). Los resultados saltan a la vista en esos mapas coloridos que muestran que su presencia es abrumadora en el norte y en el centro del país, incluyendo Lima. En todas estas regiones primó —como suele suceder— un voto más conservador, más en la línea de mantener el modelo económico. Claro que no se puede ser mezquino con la performance política de Keiko Fujimori que, desde su recordada presentación en Harvard, mostró una estratégica corrida hacia el centro, hacia ese sector que le permitiría ganar las elecciones y que hasta ahora le había resultado esquivo, aunque cada vez con mayor timidez. Su “moderación” fue una puesta en escena muy bien pensada y desarrollada de cambios importantes que la mostraron como la hija que no tiene por qué cargar con la mochila de los “errores” de su padre. Logró algo muy importante: cambiar sin tener que producir cambios de verdad. Pura estética. No ser; simplemente parecer. Con esa abrumadora mayoría en el Congreso, si ella llega a la Presidencia —la que es hoy la mayor probabilidad—, tiene el terreno allanado, el camino libre para hacer lo que quiera, incluyendo la liberación de su padre y una amnistía para todos aquellos que según ella lo merezcan. La justificación será la necesidad de reconciliación nacional.
 
El pase a la segunda vuelta de Pedro Pablo Kuczynski es un asunto absolutamente accidental, pues obedece en parte al éxito de la estrategia de generar terror en la población respecto a la amenaza de la izquierda. Asimismo, fue posible en parte también debido a que Gregorio Santos le arrebató importantes puntos a la propuesta del Frente Amplio. Aquí el voto limeño fue muy importante en su línea de conservadurismo. Accidente puro.
Entre las dos propuestas, es decir la de Fuerza Popular (39.6%) y la de Peruanos por el Kambio (21.5%) tenemos poco más de las dos terceras partes del electorado nacional (61.1%). Estas dos terceras partes han ratificado, además de su miedo a cualquier propuesta de cambio, su apuesta por mantener el statu quo. Quizá también haya una cuota de la voluntad de reinvindicar al fujimorismo y, especialmente, a Alberto Fujimori (cualquiera que gane la segunda vuelta es seguro que tomará las medidas necesarias para la excarcelación del ex presidente condenado a prisión por delitos contra los derechos humanos y de corrupción). Veremos como salimos de este periodo gubernamental; por lo pronto, el mundo nos observa como una versión folklórica de democracia, en la que se reinvindica a uno de los regímenes más corruptos de la historia reciente.
 
Sin embargo, seguimos viviendo en un país que es por lo menos dos. El sur del Perú (con la sola excepción de Arequipa), pudiendo incluir además a Huancavelica, ha votado por el Frente Amplio de manera contundentemente mayoritaria. Ese es un mensaje claro también que muestra la exigencia de un cambio estructural, un cambio del modelo económico (claro está que no implica una patente para el manejo económico irresponsable). Y esas demandas han sido adecuadamente canalizadas por Verónika Mendoza y el Frente Amplio. Hay que destacar la capacidad de liderazgo de Mendoza, quien contra todos los pronósticos y afirmándose en una estrategia ajena al marketing político, pudo conseguir un 18.7% de las preferencias electorales a nivel nacional. Esto es digno de aplauso, pues ha resucitado virtualmente a la izquierda en el Perú. Se ha mostrado como una persona de convicciones firmes y que no acomoda su discurso según el auditorio del que se trate; ha planteado con contundencia propuestas renovadoras como, por ejemplo, la necesidad de recuperar la soberanía de nuestros recursos naturales (tomemos en cuenta que hoy la propia Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo ha planteado la necesidad de salvaguardar el derecho de regulación por parte de los Estados de las actividades económicas que se den en su territorio, las que se han visto afectadas por el arbitraje en inversiones) y que las inversiones extranjeras cumplan con las regulaciones del Estado; para ello, ha señalado que se renegociarán los contratos de inversión. También la necesidad de desarrollar un Estado laico de verdad; el implementar políticas paritarias de género, incluyendo las políticas a favor de las minorías sexuales; el tema de los derechos reproductivos y de libertad de decisión para las mujeres respecto a sus cuerpos; la posibilidad de mirar desde otra perspectiva las políticas antinarcóticos; la profundización de los programas sociales y la redistribución; mejora de los sistemas de educación y salud públicas, etc. Se trata de una agenda refrescante de la política nacional, que requiere de un trabajo constante a partir de ahora y con miras al 2021. De lo contrario, esta breve primavera de la izquierda, se difuminará en los recuerdos. Se requiere de trabajo político constante, a nivel nacional, con presencia de los líderes nacionales y regionales, para nutrirse de las demandas de la población, para conocer o reconocer ese país que pareciera ser nuevamente ancho y ajeno, para hacerse conocer también. El reto para la izquierda es enorme y ojalá esté a la altura de ese reto. Creo que en el Frente Amplio debe abrirse espacio a una izquierda liberal también que permita tender puentes y, sobre todo, que permita que se gestiones de manera adecuada, desde la izquierda, al Estado, con toda su complejidad.


Ahora a asimilar estos tristes resultados electorales. La democracia es esto. Nos guste o no. El pueblo decidió.