Cosa rara, un taxista con una voz aguardientosa pero tan poderosa —y paradójicamente tierna— que remeció este país profundamente, mostrándonos, a tientas y empellones, eso que somos y no queremos aceptar, aturdiéndonos frente al espejo para que aceptemos que ese reflejo es el nuestro y que, si nos damos cuenta, tenemos una belleza distinta, una belñleza que debiéramos aprender a reconocer. Algo muy común, luego del éxito impactante de aquel tiempo, el grupo se disuelve, desaparece y el taxista se hunde en su rutina de juerga y subsistencia. A Hernán Condori —conocido también como Cachuca— lo encontré una vez, en una incursión nocturna en El Averno, ese local del centro de Lima en el que se presentan grupos de rock marginales o poco conocidos. Bebía, de su botella, un trago barato del cual me invitó y acepté un sorbo. No pude creer lo que veía, una estrella deambulando en una marea de anónimos seres y alcoholizándose con cualquier cosa. ¿Qué hace que en este país gente con tanto talento termine perdiéndose?, ¿qué turbulento o quizá estercolero mar ahoga esas promesas? Resuenan en mi recuerdo aquel rock-chicha dedicado a Sarita Colonia o aquella canción tristísima titulada Confesiones:"Mirándome al espejo
he descubierto un extraño
porque al fin y al cabo
porque al fin y al cabo
yo mismo no me conozco
a nadie le debo nada
pero yo mismo me embargo
los míseros ideales
que no he cumplido con pagar sus reales".
Uno mismo va destruyéndose, castrándose, embargándose los pocos sueños que se atrevió a soñar. Uno mismo. ¿Qué nos impulsa a hacer esto?, ¿qué fuerzas tanáticas nos empujan hacia ese abismo sin fondo?
En la revista Quehacer Nº 173, se ha publicado un artículo titulado La muerte del Fénix, que es bastante crudo respecto al por qué la banda que pudo ser "la banda de rock insignia del Perú" se destruyó: por el propio Cachuca, un "mentiroso compulsivo". Al leer el artículo me dejó la sensación de estar frente a una de esas personas con cualidades inmensas, con una capacidad enorme, pero que, por cuestiones incomprensibles, se automutila, se autodestruye, no al estilo de Kurt Cobain, quien habría escrito "Es mejor quemarse que apagarse lentamente", sino en los términos que Mario Vargas Llosa pone en boca de uno de sus personajes en La Historia de Mayta: "«Es un suicidario», me dijo de él, una vez, un amigo común. «No un suicida, sino un suicidario, repitió, alguien que le gusta matarse a poquitos»". Tenebroso modo de vivir. Y aquella vez que lo encontré en El Averno me pareció que aquella estrella no podía estar en esa onda de "palomilla de barrio". Era un semidios revolcándose como un ser humano vulgar y corriente. Lástima, ira revolviéndose en mi interior, por la impotencia de entender.
Pero en el artículo que comento de Quehacer, Barreto cita a Rosa Villafuerte, una fotógrafa que siguió a Los Mojarras de cerca y describe a Hernán Condori así: "Como artista es bueno. Como humano es un mediocre" (p. 126). Y es que, según da cuenta Barreto, el ego de Cachuca es elefantiásico. Ahora bien, ególatra o no, mentiroso compulsivo o no, afirma algunas cosas que me llaman la atención:
"Vivimos en un país donde hay que negar todo lo que le dé brillo a la real identidad. Si Pedro Suárez hace canciones como 'La cama me da vueltas', canciones tan imbéciles como hace este tipo, está bien. Si Gian Marco canta algo semejante, está bien. Los Mojarras hicimos el primer rock chicha y han tratado de enterrarnos hasta ahora. Sale Bareto, son de Miraflores y le compran cincuenta mil discos" (pp. 125-126). "Tendrías que ser un Tongo para que te dejen entrar. O sea, hacerte el payaso, el ridículo, el imbécil, el cojudo, el 'huele pedo' para que recién te digan: 'Qué lindo es este serranito; vamos a darle su platita para burlarnos de los cholitos" (p. 126).
En este tiempo que está de moda ser "cool" todo esto debe sonar a "resentido", a "acomplejado", pero me llama la atención que esto lo diga un artista de la talla de Condori, que rozó el cielo, codeándose con dioses y semidioses, pero que hoy repta, ebrio, en El Averno. Y me parece que, a pesar de que el Perú haya crecido económicamente, a pesar de que se hayan dado avances sociales, políticos e incluso culturales en alguna medida, esas conclusiones son verdades vomitadas por un suicidario de nuestra nación. ¿Alguien reparó que Gian Marco apareció cantando, alguna vez, como peruano el huayno boliviano Poco a poco y Lima entera gritó a sus pies?; hace unos días Jean Paul Strauss, siguiendo la misma ruta, está interpretando el Matarina cajamarquino y Lindaura, Rosaura, y tiene cabida, no como "folklórico", en el programa más sintonizado de la televisión peruana. ¿Es que hay quienes tienen un pasaporte especial para lograr el éxito, en el arte por ejemplo? Cosa rara.
Esto me muestra que los prejuicios feudales de este país siguen vivos, quizá más débiles que antes, pero han calado demasiado hondo en nuestra sociedad, en nuestra mentalidad, al punto que el espejo sigue siendo el reto más importante y también el escenario de batallas largamente perdidas en la construcción de la identidad peruana. Más aun hoy que está de moda la "pluralidad" y que el Perú sigue creciendo. Claro, el problema es que el éxito está bien visto y permitido solamente para la gente bien, para la gentita; el éxito de los demás, será bienvenido, siempre y cuando sea bajo el velo protector de algún "decente" exitoso.